viernes, 8 de mayo de 2009

José Martí: el sanador (Una exploración sobre el imprescindible RETRATO HUMANO de los HÉROES)



Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

---Ensayo galardonado con el primer premio del TALLER NACIONAL “Martí y La prensa”, Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Santiago de Cuba, 2009---

En José Martí, la chilena Gabriela Mistral apuntó “la condición arcangélica en que reside su ternura y su fuerza”, (1) el español Federico De Onís, “el ímpetu hercúleo, superador de épocas y escuelas”,(2) Dulce María Loynaz su maestría “que casi no se puede enjuiciar” (3), y Joel James, su “futuridad palmaria”. (4) Por si fuera poco, Cintio Vitier advirtió que aquel cubano nacido en Paula, “se nos entra en el alma mucho antes de que hayamos podido comprender a cabalidad la trascendencia de su obra”. (5)
Ese es el hombre, esa es la obra, ese es el pensamiento al que nos enfrentamos. Ahí radican ―en juicios de tanta altura― el reto y el impulso; mas para un cubano, el acercamiento a las ideas martianas resulta no sólo imprescindible, sino un ejercicio vivificador que no es posible interrumpir una vez iniciado. Un periodista cubano es doblemente impelido, porque el grueso de la papelería martiana fue realizada en periódicos y revistas, al paso, como espejo de los acontecimientos y las inquietudes que día a día le rodeaban.
Así pues, esta aproximación al legado periodístico de José Martí, no se hace desde la adoración; sino desde la asimilación de aquellas claves que ha resistido con holgura más de una centuria. Se trata de explorar lo que bien pudiera llamarse discernimiento radical: esa capacidad martiana de captar los elementos medulares de un suceso o de un personaje.
Martí no fue a los sucesos de su época como espectador obnubilado, sino que supo buscar razones más allá de los destellos. No hay que olvidar por ejemplo el artículo “La Exposición de París”: antes de mostrarnos los grandes pabellones y la magnificencia de la Torre Eiffel, es capaz de escribir ―nada menos que para los niños― que “Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de los hombres, el pueblo que le quitó al Rey el poder”. La ética es el pórtico, es el sacudimiento antes que los ojos se prendan a las maravillas que en 1889 cobijaba la Exposición Universal de la Ciudad Luz.
Sin embargo, no queremos correr el riesgo de extraviarnos en ese gran bosque que es la obra martiana, sino ―siguendo la metáfora― en ciertos árboles, para que a través de sus frondas y sus raíces, podamos captar todo el aroma del bosque.
Naturalmente habrá que referirse a los contextos, a los estudios precedentes y posteriores, y fundamentalmente a la trascendencia. Desentrañar tales aspectos, encontrar el callado estruendo del que hablara Lezama es tocar la punta de la hebra, trazar el lazo irrompible entre los razonamientos de José Martí ―no olvidar que nos llegan desde los finales del decimonónico― y su ejecutoria periodística con nuestra realidad.
Para ello hemos entendido pertinente apoyarnos en el artículo (semblanza biográfica) Heredia (El Economista Americano, Nueva York, 1888) y en el discurso homónimo pronunciado en el Hardman Hall neoyorquino, un año después. También incluimos otra página periodística: “Céspedes y Agramonte” aparecida en El Avisador Cubano (1888), así como el prólogo al libro: Los poetas de la guerra. (1893).

HEREDIA

La figura de José María Heredia es capital en la historia de la literatura y la conformación de la nacionalidad cubana.
No hay en Cuba un poeta de su estatura antes que él. José María Heredia, desde sus versos “estaba inventando la patria”, (6) en una isla que vivía bajo el dominio de la metrópoli española y en el apogeo de las plantaciones. Cuarenta y tres años antes del campanazo de La Demajagua, Heredia preconizó la inevitable independencia. Los versos finales del “Himno del desterrado” resultan lapidarios. Heredia, si se me permitiese la comparación, es el Varela de nuestra lírica.

¡Cuba! Al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.

(“El himno del desterrado”)

Sin embargo, cuando Martí se acerca a la figura de Heredia en los años 1888 (artículo publicado en El Economista Americano) y en 1889 (discurso en Hardman Hall), ambos en la ciudad de Nueva York, sobrenadaban todavía sobre su figura los juicios de Domingo Del Monte, el gran regidor de la literatura de la época, bajo cuyo cenáculo florecieron obras notables de nuestras letras.
Como es sabido, Heredia apenas pudo vivir en Cuba unos seis años (incluidos los tres de su primera niñez) y en 1823, debió huir acusado de su participación en la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar. Su destierro le abatió física y emocionalmente, y en esas condiciones, tras una larga ausencia, le escribió, desde un México tumultuoso, al Capitán General de la Isla Miguel Tacón. Esa carta (7) lo envolvió en una intensa polémica.
El narrador Félix Tanco lo vio entonces “como un desertor, como un tránsfuga abatido, humillado, sin poesía, sin encanto, sin virtud”; (8) pero fue otra misiva, la de Domingo Del Monte al propio Heredia, la que pareció clavar el nombre del poeta a la posteridad al llamarle con aquel mote ignominioso: “Ángel caído”.(9) Por muchos años la figura de Heredia no pudo desprenderse de esas palabras y “los patriotas emigrados leían a Heredia en clave delmontina”. (10)
José Martí desde el ejercicio raigal de su pensamiento barrió la unilateralidad interpretativa y rescató definitivamente la esencia de la huella herediana. ¿Podría hacerlo algún cubano mejor que Martí, él mismo en el exilio, sometido a la lejanía familiar, al frío de la distancia, a las incomprensiones, a una labor patriótica difícil y absorbente? Si la obra de Heredia se “levanta en aterradora soledad” (11), tocó a José Martí levantarla también fuera de su espacio natural ―aunque le acompañasen en sus tareas organizativas, ilustres emigrados cubanos― y en una urbe metálica y gigante como Nueva York.
La patria martiana fue vivida mayormente desde el exilio ―Cuba ha sido país de exilios, América Latina lo ha sido― y por eso la patria no será para Martí, espacio meramente geográfico. Cuba va con él como su sangre y como su aliento.
Mientras el diecinueve finisecular es un hervidero revolucionario, el tiempo de Heredia es el de los precursores, con la tragedia de todos los que avizoran y apuntan, de aquellos que se adelantan; pero sin vida para ver la obra imaginada, la época trazada. Él “vio” la patria cubana antes que muchos, la evocó ya desde 1823.

Vivo en el porvenir: como un espectro,
Del sepulcro en el borde suspendido,
Dirijo al cielo mis postreros votos
Por el alma Libertad: miro a mi patria
A la risueña Cuba que la frente
Eleva al mar de palmas coronadas.

(“A la insurrección de la Grecia en 1820”, primera versión)

Esas son las lecturas que forjan en Martí al Heredia medular. En la visión martiana de José María Heredia, las intertextualidades se pueden tocar. Las lejanías y los anhelos se cruzan, saltan las décadas. Por un momento, Martí es también Heredia. Martí hizo ondear a Heredia para la causa de la independencia. Y su actuación fue la de un verdadero sanador.
En un párrafo, va una vida; pero ¡que párrafo!:

¿quién resiste al encanto de aquella vida atormentada y épica, donde supieron conciliarse la pasión y la virtud, anheloso de niño, héroe de adolescente, pronto a hacer del mar caballo, para ir armado de “hierro y venganza” a morir por la libertad en un féretro glorioso, llorado por las bellas, y muerto al fin de frío de alma, en brazos de amigos extranjeros, sedientos los labios, despedazado le corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? (12)

Para que no quedase duda alguna de la grandeza del cantor del Niágara, la pluma martiana lo coloca en la cima: “Heredia tiene un solo semejante en literatura que es Bolívar”, (13) y unas frases más adelante asegura con categoría no sólo cubana, sino continental: “el primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas y sereno como sus alturas”. (14)
No obstante, al genio de calle de Paula no escapan las falencias heredianas. Sólo el profundo manejo literario le hace actuar como un crítico equilibrado: “Suele ser verboso. Tiene versos rellenos de adjetivos […] hay en casi todas sus páginas versos débiles, desinencias cercanas, asonantes seguidas, expresiones descuidadas”. (15)
Ya lo dije, crítico equilibrado, pues nos entregó el rasgo que delineó la vastedad de Heredia: “Lo que es suyo, lo herédico es esa tonante condición de su espíritu que da como beldad imperial a cuanto en momentos felices toca con su mano, y difunde por sus magníficas estrofas un poder y esplendor semejantes a los de las obras más bellas de la Naturaleza”. (16)
No le bastó a Martí con ese primer acercamiento al poeta desterrado. Si en El Economista Americano nos había devuelto al Heredia poeta, en su discurso en Hardman Hall, un año después, rescata al Heredia patriota, con aquella su mirada, no al semidiós infalible, no a la estatua marmórea; sino a su condición humana, como que juzgar requiere manejar todos los senderos.
Sin negarle el beneficio del tiempo, es Martí quien barre definitivamente aquella repetida concepción delmontina ―Del Monte, que no quiso ver a Heredia durante la estancia de este en Cuba, que murió en Madrid―. Al valorar aquella encrucijada de 1836: la carta a Tacón, Heredia no podía ser para Martí aquel “Ángel caído”, y así lo deja saber: “[…] el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas “[…]” (17)
Pero Martí llega a más. Hace levar las alas del ángel, cuando devela el carácter simbólico de Heredia, cuya vida azarosa le ha llevado “con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos”. (18) La unidad americana ―tan cara a Martí y a sus propósitos independentistas―, tiene en José María Heredia un lazo espiritual que se apresura en remarcar con mano maestra.

[…] nos ligó en su carrera al sepulcro […] por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes […] por su niñez con Venezuela […]; y por su muerte, con México, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto de sus peldaños de montaña se consumase, como antes de sus teocalis los sacrificios, la justicia final y terrible de la independencia de América. (19)

El Heredia martiano es un aliento omnipresente, es un poeta que clama, es un cubano que inspira, es aquel cuya majestad americana ha de invocarse, es un asidero de su lucha. Y, en esas honduras, nos entrega su trascendencia:
“¡Danos, oh padre, virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a ti las mujeres del tuyo, o haznos perecer en uno de los cataclismos que tú amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!”. (20)


CÉSPEDES y AGRAMONTE


La historia no es la relación de lo pasado, no es la mera narración de lo preterido, es sobre todo, un sostén del presente y un adelanto del futuro. Esa concepción impide que el abordaje del acontecimiento se convierta en una relación de fechas. Una semblanza biográfica, un artículo histórico exige una selección, nunca una sucesión.
Es el momento en que toca al escritor, investigador, periodista, despejar polémicas, asumir puntos de vista, valorar las actitudes asumidas y seleccionar los pasajes más notables de la existencia de un héroe, de un personaje. Es la ocasión que exige manejar los elementos esenciales de una vida, sin falsearla. Y para hacerlo ha de reflejarse la época, y sobre todo, extraer qué nos dice un hecho o un personaje a los cubanos actuales, cómo nos habla desde su tiempo.
Una semblanza biográfica permite dar una segunda oportunidad de vida al personaje o personajes que abordamos. Se trata, en verdad, de una revisita y de una interpretación consecuente. José Martí demostró a lo largo de su trayectoria periodística, una especial sagacidad para hacerlo. “El Padre las Casas”, por ejemplo, es una de esas cumbres, como lo es el artículo en que nos enfocaremos: “Céspedes y Agramonte”, un difícil y hermoso retrato de dos héroes en paralelo. Es pues, un reto doble que El Maestro asumirá como un deber.
Para honor de los que habitamos en este archipiélago antillano, nuestra historia es plena en hombres y en mujeres que dejaron la tranquilidad de su hogar, las pertenencias materiales, y hasta su propia vida en pos de la independencia o de sus ideas. Creyeron esa como la única condición en que podían vivir. Tal fue el caso de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo (1819-1874) y de Ignacio Agramonte Loynaz (1841-1873).
No por casualidad Martí escoge a ambas figuras como asunto de un mismo artículo. Se trata de una intención transparente: aquella que despeja las vivencias de cada uno, evalúa las actitudes, aquilata los caracteres y, que al fin, unifica en las alturas de su heroísmo, a dos cubanos enteros, cuya relación personal se vio marcada por más de una discrepancia. Martí no las ignora ―no podría hacerlo―; mas se adelanta a los juicios exponiendo a la luz aquello que resultará incontrastable. Y desde el inicio, se deja ver:


Vendrá la historia con sus pasiones y justicias; y cuando las haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas. (21)


Martí reserva para cada uno la pincelada definitoria: “De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud […] de Céspedes el arrebato y de Agramonte la purificación”. (22)
Por la historia sabemos, que más allá de las edades ―el bayamés entraba en los cincuenta y el camagüeyano aún no arribaba a los treinta― las diferencias de ambos no descansaron en el sustrato heroico, en ese darse a la patria, generosamente, hasta las últimas consecuencias; sino en la concepción organizativa de la guerra contra el coloniaje español.
En la Asamblea de Guáimaro, todos estaban en un solo bando: el de la Patria, mas afloraron dos corrientes. En una, la favorable a la centralización del mando (23), estaba Céspedes. En la otra ―temerosa del caudillismo y la dictadura―, afincada en la representatividad y la distribución de poderes (24) estaba Agramonte, formando parte de “la juventud apostólica […] con las tablas de la ley”. (25)
Ignacio, no hay que olvidarlo, tenía una formación jurídica. Martí retrata al joven que “vuelve de sus triunfos de estudiante en La Habana […] Y a los pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; y por las calles dicen: ¡ese! Y se siente la presencia de una majestad”. (26)
La pluma martiana en “Céspedes y Agramonte”, nos coloca de frente a una encrucijada: los desafíos de un fundador de pueblos. Por esa vía ―digámosle participativa―, el escritor, nos introduce en las acciones de mediados del diecinueve, y aún en las mentalidades del héroe: “es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cual fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posición más infeliz, como quien quita a un tigre su último cachorro”. (27)
Para los que imaginaron ―por celo, por experiencias, por principio― que en Céspedes, en sus métodos o facultades, se levantaría acaso un poder omnímodo, Martí les antepone sus razonamientos:

Cree que su pueblo va en él, y como ha sido el primero en obrar, se ve como con derechos propios y personales […] no se ve como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la libertad que ha entrado vivo en el cielo de los redentores. No le parece que tengan derecho a aconsejarle los que no tuvieron decisión para precederle […]. (28)

Sobre el Céspedes “de sueños heroicos y trágicas lecturas”, (29) nos deja Martí una pregunta ―más que una pregunta, una certeza―; una interrogante de esas que sacude la historia, devastadora, que ya se tiene contestada para sí; una razón que nos inquieta, una exploración que nos llega con la misma fuerza de entonces: “¡Mañana, mañana sabremos si por sus vías bruscas y originales hubiéramos llegado a la libertad antes que por la de sus émulos […]!
Ese como fluir suyo en la conciencia de los personajes que trata, otorga a la escritura martiana, una autoridad, un rango de credibilidad, una altura. El drama cespediano en San Lorenzo, le arranca a Martí algunas de las frases más inspiradas del artículo. Habla entonces de su “soledad épica” (30) y apunta a seguidas: “[…] jamás, en su choza de guano, deja de ser el hombre majestuoso que siente e impone la dignidad de la patria. Baja de la presidencia cuando se lo impone el país, y muere disparando sus últimas balas contra el enemigo, con la mano que acaba de escribir sobre una mesa rústica versos de tema sublime”. (31)
La antítesis se presta a Martí como vía expedita para dibujarnos al Padre de la Patria en toda su dimensión: “refinado y primario […] imitador y creador, personal y nacional […]”. (32) Es el completamiento ―audaz y exacto― de su imagen. Tal vez nunca es más certero que cuando lo compara con un peña. Carlos Manuel de Céspedes es una peña “[…] en quien chocaron, despedazándola en su primer combate, las fuerzas rudas de un país nuevo, y las aspiraciones que encienden en la sagrado juventud el conocimiento del mundo libre y la pasión de la República […] (33)

Si al hablar de Céspedes, Martí trae en sus letras la reverencia de cubano; al hablar de Agramonte, reverbera. Deja la frase más hermosa que se dedicó al Mayor: “aquel diamante con alma de beso”. (34) A semejanza de su oratoria, y de otras semblanzas biográficas, en correspondencia con su voluntad estilística, José Martí, fusiona la apariencia física con la estatura moral, y lo hace como un pintor, con pinceladas táctiles, que difícilmente pasan inadvertidas:

Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en su casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón […] Era un ángel para defender, y un niño para acariciar […] tomó de la primera embestida la soberbia natural y se le vio por la fuerza del cuerpo al exaltación de la virtud. Era como si por donde los hombres tienen corazón, tuviera él estrella. (35)

Van las hazañas contadas como quien traza montes: “inflamaba su patriotismo con arranques y gestos soberanos”, (36) “aquel que cuando mil españoles llevan preso al amigo, da sobre ellos con treinta caballos, se les mete por entre las ancas, y saca al amigo libre”, (37) el que “ni en sí ni en los demás humilló nunca al hombre”. (38)
Y de nuevo, nos asalta otra clave martiana, al lado de la leyenda, el destello que humaniza al héroe: “¡Acaso no haya romance más bello que el de aquel guerrero, que volvía de sus glorias, a descansar, en las casas de palmas, junto a su novia y su hijo!” (39) No es todo: El Bayardo también es: “el amigo de su mulato Ramón Agüero, el que enseñó a leer a su mulato con la punta de su cuchillo […] parecía que curaba como médico cuando censuraba como general […] el que ni en sí ni en los demás humilló nunca al hombre.” (40)
Martí lo conoce hasta el detalle. Por el botón se conoce la flor y por las acciones al hombre. El Mayor era aquel que: “cuando no podía repartir, por ser poco, los buniatos y la miel, hacía cubalibre con la miel para que alcanzase a sus oficiales, o le daba los buniatos a su caballo, antes que comérselos él solo […]”. (41)
“Céspedes y Agramonte” es un gigantesco bordado de profundidades. La urdimbre es de oro. Si bien ha señalado al principio el arranque en uno y la purificación en otro; el uno, “augusto por la benignidad y el acometimiento” (42), y el otro, en la “sagrada juventud” y “la pasión de la República”… el final es una gema.
Aún en el camino de los desencuentros (43), Martí halla el cemento de la patria, ese que los unifica para siempre. Hay que leer con atención, con suprema atención para que pase ante nosotros este pasaje de luz. Asistimos a un develamiento, somos testigos de excepción. Es Martí, otra vez, con los ojos del tiempo, con las ideas esclarecidas, depositando sobre la historia, su mano de sanar:

Pero jamás fue tan grande […] como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie. Alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras:―”¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República! ¡Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos!”. (44)


LOS POETAS DE LA GUERRA


En 1893, José Martí reúne poemas escritos en la década gloriosa de 1868-1878. Es el encargado de la selección y del prólogo de una antología que lleva por nombre Los poetas de la guerra. Su inclusión en este ensayo responde a su huella periodística: este prólogo es un artículo de crítica artística, propio de una revista o un suplemento cultural.
Tal vez otro no se hubiera empañado en reunir “el soneto zancudo o la suelta décima” (45) de aquellos “poetas naturales”; (46) pero Martí, que siente punzado su deber de cubano, comienza por una pregunta… y una respuesta sin ambages. Es la ética como antesala, la intención confesada:

“¿Y quedará perdida una sola memoria de aquellos tiempos ilustres, una sola palabra de aquellos días en que habló el espíritu puro y encendido, un puñado siquiera de aquellos restos que quisiéramos revivir con el calor de nuestras propias entrañas? […] De la tierra, y de los más escondido y hondo de ella, lo recogeremos todo, y lo pondremos donde se le reconozca y reverencie; porque es sagrado, sea cosa o persona, cuanto recuerde a un país”. (47)

Es difícil objetar la justeza de tales declaraciones. Su labor sobrepasó al antologador y penetró los caminos de la antropología ―en el sentido testimonial, en ese ver la obra por el hombre, por las acciones que su tiempo y circunstancias les exigieron― y la bibliotecología, por el hurgar referencial en aquellos periódicos insurrectos ―tan mambises como sus editores e impresores, como los que escribían en ellos― que, a esos alturas, eran ya bibliografía rara y valiosa. De esos papeles extrajo versos, “la mucha poesía generosa e histórica” (48), desde “el tipo mínimo de aquella andariegas cajas”.
Pero, no hay que andarse por las ramas. Los poetas de la guerra no es un rescate de antojos ni un prurito estético, hay en ello un propósito definitivo. Algunos investigadores han considerado, y suscribo el aserto, que el libro “sin duda forma parte de su estrategia ideológica con vistas a la próxima contienda, a lo cual se adecuaba perfectamente el ardor bélico, la justa violencia, la confianza en las fuerzas cubanas, la memoria heroica y la prevalencia del objetivo independentista y del amor patrio por encima de todo” (49)
Aunque nuestro objetivo no es el libro, sino el prólogo, es dable apuntar que una decena de poetas ocupan las páginas de Los poetas de la guerra. Bien apunta Martí que “la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve”; (50) pero aún así hay voces aquí y hay versos que acusan una innegable voluntad de estilo como los de José Joaquín Palma, Antonio Hurtado del Valle ―más conocido por El Hijo del Damují― y el salvadoreño Juan de Dios Coll. (51)
Allí está “el rasgo de verdadero genio” (52) que asomaba entre “el follaje y relleno de la jerga poética española” (53). No me resisto a decirlo: hay un sólo nombre de mujer en la antología martiana, el de Sofía Estévez. Su nombre aparecerá mencionado en el Diccionario de la Literatura Cubana, (54) sólo como una de las creadoras de una publicación efímera de Puerto Príncipe, El Céfiro. Cabría preguntarse por qué Martí ―en un prólogo de tanta enjundia, y siempre tan considerado con las mujeres― no menciona ni siquiera una vez a esta versificadora? Tal vez sea esta una razón para nuevos acercamientos a la obra. Es muy curioso, porque Martí tenía la síntesis suprema: con una palabra, con un sola, calificaba al poeta Y no es menos en esta presentación: “el más puro, La Rúa […] el más intencionado, Luis Victoriano Betancourt […]; el más original, Ramón Roa” (55)
¿Es que promovía Martí una poesía, sublime acaso por el momento encarnado en ella, excusada por el servicio heroico de sus cultivadores; pero desigual en su hechura estética? Búsquense sus palabras y calíbrense sus juicios, y se responderá: en modo alguno.
Martí deja sentado que se trata este, en primerísimo lugar, de un libro de rescate y testimonio. Es la génesis y el sostén que “cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo, ni voluntad para escribir con la pluma en el papel” (56)
Hay en la antología es verdad, moldes gastados, descuidos formales, lastres románticos… Mírese esta “dichosa parodia” (57) de Fernando Figueredo que responde a “las estrofas bizcas” (58) cantadas por los voluntarios españoles y que se incluye en el prólogo:

Sin camisas, triunfantes, entraron,
ante el mundo, mostrando orgullosos
que aunque pobres, son libres, dichosos,
siervos no de un tirano opresor

Los poetas de la guerra, sin embargo, es un libro singular. Décimas improvisadas y hasta glosas de campamento se cobijan en sus letras. Esos versos de urgencia, este atrapar el instante y la oralidad en el papel es otro aporte martiano, otro guiño de Martí a los estudios que algunas disciplinas humanísticas e investigativas desarrollan en la actualidad.

“Bala, tizón y machete”
contra el godo han de acabar,
si no queremos estar
siendo de España el juguete.

Primera estrofa:

Cansados ya de sufrir
el yugo de los tiranos,
han jurado los cubanos
por su libertad morir.
Ninguno quiere vivir
tratado como un zoquete;
el garrote o el grillete
nos espera si cedemos,
y es preciso que le demos
bala, tizón y machete.

(Glosa de campamento: “Al Ejército Libertador de Cuba”) (59)

¿Qué decir?
La antología martiana se mueve pues en una dicotomía: tócale al escritor, al periodista y al patriota: Martí decir lo que cada quien merece, hacer el retrato de grupo y descomponer a la vez las partes; resumir y ejemplificar, traer la metáfora de aliada, convencer al lector con los versos que propone, enseñar el valor del hombre que va detrás; y a la vez, ejercer la crítica sobre ellos. Es una tarea ardua que Martí sabe resolver.
Cuando se menciona Los poetas de la guerra inmediatamente asalta, la precisión más citada, tal vez la más tajante, la más solemne: “Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal a veces pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien. Los rimas eran allí hombres: dos que caían juntos, eran sublime dístico; el acento, cauto o arrebatado, estaba en los cascos de la caballería.” (60)
Si a Heredia se le vio bajo el mote delmontino, hasta que Martí lo restituyera; no será posible, tras la exégesis martiana, ver a estos poetas de la guerra desde una estatura menor. Morir bien fue su asalto a la grandeza, incluso desde sus versos más descoloridos. José Martí les abrió la senda del eterno desvelo.


CAMINOS DE LA TRASCENDENCIA


Podríamos traer aquí otros ejemplos del espíritu de Martí, de ese oficio de arcángel que le adivinara la Mistral, mas el esbozo ha sido ilustrativo. José Martí no deviene en sanador de polémicas y en retratista sublime, por mandato divino: se trata ―digámoslo ya― del resultado del análisis de los acontecimientos y los personajes desde una óptica rigurosa y multilateral.
Martí escribió en un número importante de periódicos y revistas, él mismo fundó otros. No vivió la época del periodismo audiovisual o digital; pero son sus principios ideo-estéticos los que representan materia asible, espacio infinito de de pensamiento, lección inacabable. Todavía, aunque podamos insistir en algunos presupuestos, sea este el corolario del ensayo:
El periodismo martiano parte de asunciones muy definidas: la formulación de un pensamiento propio y original al enfrentar un suceso o una vida, lo que hace emerger nuevas ópticas y aporta un conocimiento nuevo; sus artículos están dotados de una fusión ideo-estilística, en la cual el río de las ideas y el cauce de las formas marchan en paralelo: la belleza encarnada en la idea como vía expedita. Su metáfora no es adorno, es aliada; no agrega, redondea; no oscurece, ilumina.
La capacidad integradora de Martí en la conformación de un retrato ―de un héroe o un poeta, en un discurso o en artículo― parte siempre de la propensión a la grandeza, pero no de la infalibilidad. Los personajes salidos de su pluma aparecen engarzados en sus circunstancias, para que ―entendidas las humanas pasiones y las grandezas realizadas por sobre estas― los haga flotar. El Heredia martiano y su Céspedes y Agramonte, son hombres, sin dejar de ser lo que son: cumbres.
Es menester salir de la frase descontextualizada, el presentismo y la recurrente cita, para entrar en la idea. El Poeta Nacional Nicolás Guillén, al modo que mejor sabía, abordó esta circunstancia desde el epigrama XXI de su libro La rueda dentada (1972):

Martí, debe ser terrible
soportar cada día
tanta cita difusa,
tanta literatura.
En realidad, sólo usted y la Luna.

La lección martiana más definitiva es su mirada a las esencias y no a las apariencias; a la obra antes que a la cuna, a la totalidad y no al despiece, al partido ético, antes que a ningún otro.
Sólo de esa manera pudo redimir al Heredia caído ―o al Whitman olvidado en su propio país, al Wilde calumniado, al filósofo Emerson―. Sólo así los poetas de la guerra se convierten, ante todo, en patriotas. De esa única manera, El Mayor y el Padre de la Patria se abrazan y se juntan, ya para siempre, en aras de una patria libre.
Martí es un llamado permanente a la creación.
El periodismo cubano de ahora mismo, debe mucho a Martí y tiene que seguir aprendiendo de él. Viajar por las tierras de América, es viajar hacia dentro suyo. Esa vocación americana que dejó en muchos de sus trabajos ―a pesar de tantos años en tierras del Norte― es guía contemporánea, en momentos en que nuevas épocas se asoman, en que el indio boliviano se alza orgulloso, por primera vez; en que la tierra de Bolívar se sacude; en que Eloy Alfaro vive otra vez en la mitad del mundo…
Ese Martí que vio en el peregrinaje de Heredia, un lazo invisible de las repúblicas hermanas, que halló razones para la epopeya en el augusto Céspedes y en el sagrado Agramonte, que sintió dolor y orgullo ante las ruinas indias, que describió con palabra de hijo los pabellones de las dolorosas tierras americanas, se levanta hoy con ellos y con nosotros.
Si bien, la obra de Martí se movió de la poesía al teatro, del discurso a la epístola ―e incluso al teatro y el cuento, y hasta aquella que llamó su “noveluca”, Amistad Funesta―, fue el periodismo activo lo que ocupó el grueso de su obra y de su tiempo. Para Martí, eso sí, el periodismo no fue jamás ejercicio efímero ni diarismo infértil. Así lo vio uno de sus estudiosos más sobresalientes, Cintio Vitier:

“El periodismo fue el principal vehículo del pensamiento martiano: un periodismo convertido por él en análisis, advertencia, poesía, visión. Sólo un estilo tan inextricablemente unido al devenir como el de la “crónica”, llevada a la intensidad participante y reflexiva […] pudo convenir, en la madurez, a su condición de “veedor” de las conquistas y peligros de la modernidad. Se trocó el periodismo, bajo su pluma, en método de conocimiento de lo real y de lo posible. Hizo cátedra de la noticia; laboratorio del suceso; de lo efímero, poema; extrajo de lo sucesivo, leyes. Expuso con olor a tinta fresca y para siempre, su galería de retratos ejemplares […] Realizó un periodismo tan poemático como científico, es decir, exploratorio, en el que no faltan los tanteos, las hipótesis y conjeturas desechadas o confirmadas, propias de la investigación aliada a los riesgos del pronóstico”. (61)


El legado martiano es un mensaje permanente para nuestro periodismo, para todo el periodismo. Y esta es su eticidad, aplicable en cualquier género, en cualquier medio, en cualquier sector. Cada suerte echada con “los pobres de la tierra”, cada alabanza digna a quien la ha conquistado y la merece, cada advertencia honrada, cada crítica oportuna y necesaria, cada lector tocado desde el esfuerzo y la poesía… es un tributo al autor de La Edad de Oro, al redactor de Patria.
Los caminos de la trascendencia son infinitos. Trascender es volar. Hallar la trascendencia es adentrarse en la vena de las cosas. De eso se trata, del fluir de la vida que es el periodismo. Fue un arcángel quien nos enseñó el camino.


(Santiago de Cuba, enero de 2009).

NOTAS:

1 Gabriela Mistral apud en Juan Marinello: “El caso literario de José Martí”, Pensamiento y acción de José Martí, p.113.
2 Ibid.
3 Vicente González Castro: Un encuentro con Dulce María Loynaz, Ediciones Artex / Prelasa, La Habana, 1994, p. 112.
4 Joel James: Martí en su dimensión única, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1997, p.7.
5 Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006, p. 9.
6 Leonardo Padura: José María Heredia: la patria y la vida, Ediciones Unión, La Habana, 2003, p.52.
7 En uno de los fragmentos de esta carta, el poeta del Niágara escribe: “Es verdad que a doce años la independencia de Cuba era el más ferviente de mis votos, y que por conseguirla habría sacrificado gustoso toda mi sangre. Pero las calamidades y miserias que estoy presenciando hace ocho años, han modificado mucho mis opiniones, y hoy sería como un crimen cualquier tentativa para transplantar a la feliz y opulenta Cuba los males que afligen al continente americano”. Apud en Leonardo Padura: OP. Cit. P. 93.
8 Carta de Félix Tanco a Domingo Del Monte, apud en Leonardo Padura Op.Cit, pp 95-96.
9 Carta de Domingo Del Monte a José María Heredia el 28 de noviembre de 1836.
10 Roberto Méndez: José María Heredia: la utopía restituida, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2003, p.12
11 Leonardo Padura: Op. Cit, p. 46.
12 José Martí: “Heredia”, Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p.225. Artículo publicado en "El Economista Americano", Nueva York, julio de 1888.
13 José Martí: “Heredia”, Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 228. Artículo publicado inicialmente en "El Economista Americano", Nueva York, Julio de 1888.

14 Ibid.
15 Ibid.
16 Ibid.
17 José Martí: Heredia (Discurso pronunciado en Hardman Hall, el 30 de noviembre de 1889), Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 413.
18 Ibid.
19 Ibid.
20 José Martí: Heredia (Discurso pronunciado en Hardman Hall, el 30 de noviembre de 1889), Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 414.
21 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 234. Artículo aparecido en "El Avisador Cubano", Nueva York, 10 de Octubre de 1888.
22 Ibid.
23 Esta posición sostenida por Céspedes, “era favorable a una autoridad centralizada, investida de la ejecutividad necesaria para enfrentar las cambiantes situaciones de la guerra”, apud en Instituto de Historia de Cuba: Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales (1868-1898) , Editora Política, La Habana, 1996, p.
24 Esta posición, que finalmente se impuso en la Asamblea de Guáimaro, y en la cual figuraba Agramonte, “se movía dentro de concesiones republicanas y democráticas acordes con los postulados constitucionalistas del liberalismo decimonónico, expresado en ocasiones en términos tan absolutos que Enrique José Varona las calificaría de ‘idealismo doctrinario’.”, apud en: Instituto de Historia de Cuba: Op. Cit., p. 47. / La práctica demostró que “la estructura y el funcionamiento político previsto por la constitución, resultarían demasiado complejos para aplicarse con efectividad en medio de la guerra. El presidente estaba limitado en sus funciones por la supervisión constante que sobre él ejercía la Cámara […]”. apud en: Instituto de Historia de Cuba: Op. Cit., p. 50.
25 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 236.
26 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 236
27 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 234.
28 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 236.
29 Ibid.
30 Ibid.
31 Ibid.
32 Ibid.
33 Ibid
34 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 236.
35 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 237.
36 Ibid.
37 Ibid. Esa acción se conoce como “El rescate de Sanguily”.
38 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op. Cit., p. 238.
39 Ibid.
40 José Martí; “Céspedes y Agramante”, Op. Cit., p.238.
41bid.
42 José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Op.cit., p.236.
43 Tras presentar su renuncia Agramonte a la jefatura del Camagüey (1870) por diversos factores, Céspedes anunció ante la Cámara de Representantes de la República en Armas y en su condición de presidente que era conveniente “retirar al ciudadano Agramonte la cantidad mensual que la Junta Revolucionaria de Nueva York, venía abonando, a cuenta de sueldo, a su familia” porque resultaba una “carga indebida sobre los exiguos fondos que iban reuniéndose”. (apud en Mary Cruz. El Mayor, contemporáneos, UNEAC, La Habana, 1972, p. 175) Al ofrecerse Céspedes a abonar de su propio peculio esa cuantía, y enterado Agramonte, le envió a este una airada carta exigiéndole reparación como caballero. “La respuesta de Céspedes fue breve: aceptaba el reto pero difería el encuentro para el momento en que cesara sus funciones de presidente” (apud Mary Cruz; Op. cit, p. 176)). En enero de 1871, Céspedes pidió a Agramonte regresar al mando del Camaguey y este lo asumió con el ardor patriótico de siempre. Aquel presumible duelo, nunca tuvo lugar.
44 José Martí: “Céspedes y Agramante”, Op. cit, p. 238. Martí, se refería a Ignacio Agramonte. El presidente era Carlos Manuel de Céspedes.
45 José Martí: Prólogo al libro Los poetas de la guerra, Obras Escogidas, Tomo III, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 307.
46 Ibid.
47 José Martí: Prólogo al libro Los poetas de la guerra, Op.Cit, p.305.
48 José Martí: Prólogo... Op.Cit, p.306.
49 “La poesía” apud en Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”: Historia de la Literatura Cubana, Tomo I, Editorial Letras Cubanas, La habana, p.505.
50 José Martí: Prólogo al libro Los poetas de la guerra, Op. Cit., p.310.
51 El resto de los poetas son: Miguel Jerónimo Gutiérrez, Luis Victoriano Betancourt, Ramón Roa, Fernando Figueredo, Pedro Martínez Freyre, Sofía Estévez y Francisco La Rúa.
52 José Martí: “Prólogo a Los poetas de la guerra”, Op. Cit., p. 310.
53 Ibid.
54 El Diccionario de la Literatura Cubana es un investigación del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1980.
55 José Martí: “Prólogo a Los poetas de la guerra”, Op. Cit., p. 309.
56 Jose´Martí. Prólogo… OP.Cit, p. 310.
57José Martí: “Prólogo a Los poetas de la guerra”, Op. Cit., p. 309
58 Ibid.
59 Para ampliar sobre el tema puede consultarse: “La décima cubana durante las guerras de independencia / Los poetas de la guerra” de Mariana E. Pérez Pérez, en http://decimacontexto.blogspot.com/2007/11/la-dcima-cubana-durante-las-guerras-de.html
60 José Martí: “Prólogo a Los poetas de la guerra”, Op. Cit., p. 306..
61 Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006, p. 200.