viernes, 1 de mayo de 2009

Carta desde México: DENTRO DE LA EPIDEMIA (gripe porcina/humana)


Odette Alonso


Anoche Susana, en uno de esos actos de solidaria responsabilidad que ella acostumbra, se desvió de su ruta habitual para dejarnos lo más cerca de nuestras casas a otros tres compañeros. Avanzamos sobre Tlalpan hacia el Centro, mientras oíamos las interminables noticias de la epidemia, que han suplantado totalmente a las acciones del narcotráfico, como si las mafias también se hubieran declarado en cuarentena en todo el país hasta el próximo 6 de mayo.

Con nuestros tapabocas embozados, veíamos el movimiento en la calle. De pronto parecía que todo era normal, pero las noticias recordaban que la Organización Mundial de la Salud había subido el nivel de alerta de 3 a 4 y que había posibilidad de que cerraran el metro y las fronteras, a pesar de que los empresarios, temerosos de las pérdidas que se les vienen encima —la verdadera crisis—, presionaban a las autoridades para evitar cierres masivos de empresas productivas.

A menor escala, en los ámbitos más domésticos, la visión es otra. Las compras de pánico ya afectan el abasto de los supermercados, sobre todo en productos higiénicos, antisépticos y alimentos empaquetados. Ni qué decir de las farmacias, donde ya no hay cubrebocas. Y los que antes del viernes costaban 50 centavos, son vendidos ahora en 57 pesos. En el metro, sin embargo, sólo un 10 o 15 por ciento los usa; especialmente los hombres, que han de sentirse menos machos con el hocico tapado.

“Allí vivía Orlandito”, señalé cuando desembocamos en la Calzada Chabacano casi a la altura de La Viga. “Y allí nosotras”, mi dedo apuntaba al edificio de ventanas cerradas donde habitábamos hace doce años Dora y yo. Era el viejo barrio: la farmacia de la esquina, la Mega Comercial, la entrada del metro, el Vips, el parque con sus grafitis pandilleros…

Subiendo al puente llegó el mensaje: a las 7:30 de la noche el director reunió al personal en su oficina, sin atender al llamado de no provocar aglomeraciones humanas, para comunicarles una instrucción que había recibido desde las tres de la tarde y quién sabe por qué postergó hasta entonces (posiblemente para retenernos): que la dependencia no cerraría sus puertas porque el Gobierno Federal no lo había autorizado; muy curiosa justificación cuando la autonomía universitaria es uno de los grandes blasones que enarbola esta alta casa de estudios. Y más, cuando todas las escuelas, facultades, institutos y espacios culturales pertenecientes a la UNAM están cerrados desde el viernes y todo el personal de base sindicalizado fue mandado a su casa ayer.
Seguimos por el Eje 3 Sur hasta llegar al Centro Médico. “Cuauhtémoc está hasta la madre; mejor me voy por mi súper atajo, que nos saca a Heriberto Frías”, propuso Susana y nos internamos a la colonia Roma Sur por la calle de Tehuantepec. Unas cuadras más adelante, fue ella quien señaló una casa anaranjada: “Ahí viví yo hasta que me casé”. “Este regreso ha sido como un paseo por el ayer”, me asombré y ella, imitando la voz de una de sus tías, me dijo: “¿Por qué será?, ¿por qué será?”

Entonces pensé que cuando el presente se complica, uno vuelve al pasado de una u otra forma; a buscar el origen, a “hacerse uno”, como dijo hace unos días Lili Rentería. Y recordé otros jefes que he tenido: Omar Mederos, el doctor De la Barreda, Ildefonso García… hombres de razón y de conciencia, gente con criterio y valentía, capaces de tomar las medidas que fueran necesarias a su debido tiempo, aun a costa de buscarse enemistades y problemas. Aun a costa de su propia libertad. Recordé, incluso, a Oscarito Ruiz Miyares, con quien tuve las más rotundas divergencias, pero que era un líder. Hasta llegué a pensar en aquel de la barba, para quien esta epidemia hubiera sido su sueño dorado.

Ésta es la diferencia entre quienes valoran a sus empleados y subordinados y aquellos para quienes somos sombras, simple número, monigotes, animales sin alma ni provecho que da igual si se contagian o sobreviven. Eso pienso ahora, inútilmente sentada en el medio de mi pasillo, el lugar donde esa misma insensibilidad me ha confinado. ¡Ni qué trabajáramos en el Pentágono! ¿Cuán imprescindible pueden ser un oficinista en una universidad cerrada?

Pero para que vean que las contingencias no matan el humor, los dejo con un chiste muy actualizado:

¿Saben qué le dijo el DF a la influenza?...
—Uy, que miedo, mira cómo tiemblo…

Y se echó el temblorcito de 5.7 grados que ayer al mediodía llevó al colmo de la incredibilidad a los capitalinos. ¡Na’más falta que nos mee un perro!

TOMADO de Parque del Ajedrez
http://parquedelajedrez.blogspot.com/

Dedicado a: A Dora, ayer y hoy.
En agradecimiento a los amigos, tan alertas y cercanos.

Título original (“Animales sin alma”)


Odette Alonso (Nació en Santiago de Cuba en 1964. Poeta, narradora, ensayista y promotora literaria cubana radicada en México desde 1992) Su blog: “un lugar donde charlar entre amigos, sin protocolos ni solemnidades, con la confianza y el desenfado con que hablábamos de mil y un temas en el Parque del Ajedrez de Santiago de Cuba allá por los finales de los ochenta. Éste no es un blog; es un patio de provincia donde conversar en las tardes calientes mientras compartimos un café retinto o un té con limón”