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jueves, 2 de julio de 2009

REVISTA CASERÓN: Este lunes 6 de julio, último número


Ensayo, crítica, narrativa y poesía conforman el último número de la revista Caserón de la UNEAC, a presentarse este lunes 6 a las 11.00 a.m. en la galería La Confronta de la calle Heredia, arteria cultural de Santiago de Cuba.

Caserón abre su último número con una crónica de la galardonada escritora puertorriqueña Tina Casanova sobre el arte de la escritura e incluye el artículo “El Colibrí de la epopeya”, adelanto de un volumen de Soledad Cruz sobre Celia Sánchez Manduley.

La revista despliega en sus páginas un estudio sobre la huella arquitectónico-cultural del teatro Vista Alegre (Raydel Naranjo), una mirada singular sobre Emilio Ballagas (Antonio Desquirón) y un artículo de fondo sobre el arquetipo del oriental en la televisión cubana, de la autoría de Reinaldo Cedeño.

Caserón conforma su dossier con la obra de la mítica poetisa Libertad Dearriba, desaparecida a los 16 años y en materia literaria incluye además las creaciones de Teresa Melo, Alberto Sicilia, José Orpí, Maikel González, Adrián Quintero, Eric Caraballoso y Miguel Barnet.

La revista de la UNEAC en Santiago de Cuba realiza un despliegue fotográfico dedicado al Salón Oriente de artes plásticas, al tiempo que reseña sucesos vinculados a la música, el teatro y la danza.

La presentación correrá a cargo del escritor Yunier Riquenes y se inscribe dentro del Encuentro Internacional Poetas del Caribe y el Mundo de la Fiesta del Fuego, que rinde homenaje en esta edición a la cultura de Honduras.

lunes, 6 de abril de 2009

Las críticas, las crónicas de ANTONIO DESQUIRÓN


Alberto Lescay: Espíritu y formas (Aparece una imagen suya dentro de un colectivo)
http://laislaylaespina.blogspot.com/2009/03/alberto-lescay-espiritu-y-formas.html

LA CIUDAD DE LAS MOTOS
http://laislaylaespina.blogspot.com/2009/02/la-ciudad-de-las-motos.html

Miguel Ángel Botalín: INFATIGABLE
http://laislaylaespina.blogspot.com/2009/01/infatigable.html




Una tarde de poesía en el Festival del Caribe /escrito por Reinaldo Cedeño, pero donde aparace su imagen y poema. El tercero de izquierda a derecha)
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/07/una-tarde-de-poesa-en-el-festival-del.html

viernes, 6 de marzo de 2009

ALBERTO LESCAY: espíritu y formas


Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

PRESENTACIÓN HOY, 5.00 PM, Feria del Libro, Salón de los Vitrales Plaza de la Revolución, Santiago de Cuba.

Ignoro si curar un libro –organizarlo, ser responsable de todas la imágenes, de todas las viñetas, de todos los textos lo mismo críticos que informativos- lo incapacite a uno para escribir una reseña sobre el mismo. Pregunto, porque eso mismo estoy haciendo ahora y no me parece prudente atraer sobre este hermoso tomo un tipo de estrépito que no merece. Como creo que el libro salió bien y tampoco me disgusta recordar todo lo que hicimos –siempre desde una ciudad del interior de Cuba-para reunir en un espacio editorial armonioso y lógico la visión útil de la obra de un creador que está vivo y no cesa de trabajar, me atreveré a hacerlo y que sea lo que sea.

Acaba de salir de imprenta en Santiago de Querétaro, México, Lescay, Espíritu en formas, que en 177 páginas hace un amplio recorrido por la obra del artista plástico cubano Alberto Lescay Merencio. Como se conoce, la plástica de Lescay está comprometida con el descubrimiento (y la exposición) de la realidad espiritual del Ser Humano sumergida en su materialidad. Dicho así, parecería casi un cantinfleo de mi parte, pero no hallo otra manera de definir la relación entre Este y El Otro lado de las personas, las cosas y los procesos históricos. Es como si en la obra de este artista, la dialéctica histórico-político-cultural caribeña contuviera muchos más elementos de los que se suelen tener en cuenta, y el temple espiritual de todas y cada una de las individualidades humanas que han sido, son y serán ocupara siempre el primer plano.


Hace unos años, el mismo que esto escribe creyó ver partir la obra de Alberto Lescay de tres momentos iniciales, magia, eros y vuelo, para extenderse luego por un camino que nadie mejor que el propio creador definió con la frase Veo el espíritu y trato de mostrarlo. De eso se trata, hacer visible. Digo visible: algo que puede señalarse con la mano, ser descrito, poseer color. Además de su temática centrada en la espiritualidad de la raíz conga en la cultura cubana, la obra de Alberto Lescay Merencio posee marcas estilísticas muy personales.

Concebido en cinco partes y dos anexos, el volumen reserva una sección a los textos críticos y cuatro más a las disciplinas artísticas en las que ha incursionado Lescay: Concibo la escultura a partir del espacio total, escultura, con imágenes en blanco y negro de todos sus monumentos y algunas de sus obras ambientales y de pequeño formato, así como sus coordenadas técnicas. Quizá la escultura resuma mejor que cualquier otra manifestación lo que expresábamos en el párrafo anterior: desde los héroes de la Patria conmemorados hasta cuerpos que surgen reclamando su sitio en el espacio; La terracota, la cerámica; lo más noble, cerámica, imágenes en colores y coordenadas técnicas. La mano trasmite al barro su impulso de vida, por ello quizá toda cerámica debiera considerarse sagrada; Siempre dibujar, ya sea mentalmente o sobre un soporte cualquiera, Dibujo, con imágenes en blanco y negro o colores de diversas técnicas y materiales utilizados por el artista. En el Dibujo, a mi modo de ver se manifiesta otro Lescay diferente, hecho a las sutilezas de las tintas, el conocimiento de los soportes y, más que todo, con un total dominio de la línea; Pintar es el divertimento más sufrido que conozco, Pintura, un viaje por su obra pictórica más significativa, construida a base de amplios trazos, mezcla de técnicas, colores mayormente térreos y cálidos, libertad formal y compositiva y un estilo que creo que para simplificar suelen llamar “expresionismo abstracto”, pero que lo mismo incluye objetos y personas reconocibles que espacios y movimientos que no vacilo en llamar misteriosos.
La sexta parte consta de una Cronología ilustrada del artista 1950-2007; las fotos en sepia y color que aparecen relacionadas después de la cronología, grafican momentos importantes en la vida de Lescay.

Por último aparecen unas Referencias sobre el Artista, con bibliografías pasivas y activas; Ilustraciones, fotografías y cubiertas con obras del autor, publicidad gráfica original, autores de palabras para catálogos, obras de o sobre Lescay en otros soportes.

No es justo cerrar la reseña sin mencionar las delicadas viñetas, realizadas por el propio Lescay expresamente para el libro; si bien es cierto que resultaría demasiado extenso relacionar toda la lista de profesionales y otros colaboradores que aunaron su energía en Lescay, espíritu en formas, también es verdad que la obra de fotógrafos, diseñadores e impresores donde se aúnan creatividad, saber técnico e imaginación, no debe pasarse por alto.

Para terminar, creo que el arte cubano contemporáneo debe agradecer al Sr. José Oleszcovski Wasserteil, de México, el principalísimo papel que tuvo en la materialización de un libro tan hermoso y oportuno sobre un creador residente, no sólo en la isla de Cuba, sino en la oriental provincia de Santiago de Cuba: lograr un objeto editorial eficiente y atractivo lejos de la experiencia acumulada por las editoriales habaneras, podría señalar un interesante camino para el libro de arte cubano.
Parte del equipo realizador del libro arte sobre Alberto Lescay: De izquierda a derecha, delante: José A. Limonta y Marta Mosquera (diseñadores), Saily Rivas (curadora), Lina González (editora), Antonio Desquirón (curador). Detrás en igual orden: Oscar Mesa (traductor), el poeta y ensayista Marino Wilson, y el artista ALBERTO LESCAY. // Fotografía tomada durante la presentación Salón de los Vitrales (R. Cedeño) //
Título: Lescay, espíritu y formas.
Año: 2008
Curadores: Saily Rivas y Antonio Desquirón.
Diseñadores: Marta Mosquera y José A. Limonta.
Fotografía: Varios.
Formato: 21.56 x 35.36 cm
Papel: cromo semi-mate.
Cubierta: Dura, color rojo.
Sobrecubierta: Papel cromo semi-mate con foto a relieve de escultura, dibujo.
Editora: Desarrollos Residenciales Turísticos.
Impreso por Talleres de Imprecolor Industrial Benito Juárez
Santiago de Querétaro. México.

miércoles, 14 de enero de 2009

INFATIGABLE


Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

Creo que nunca se llegará a definir si en los dominios del arte existe lo que se conoce como progreso. En otros dominios el hecho me parece incontestable: si antes nos alumbrábamos con velas o con carburo y ahora con bombillos ahorradores, ahora es mejor. En el arte no tanto. No creo que haya estilos o técnicas superiores a otros. El Impresionismo no contiene, como comunicación estética, nada que lo haga superior al Gótico o al Cinquecentto. En gran parte, ello depende del qué diga el artista y cómo.
En última instancia, el ritmo, los gestos del momento y hasta los colores siempre serán los del momento histórico en que se plasma la obra (en el caso de Miguel Ángel Botalín, cuando se pinta el cuadro).

Cuando Botalín escoge (o “se le impone”) el paisaje urbano de Santiago de Cuba como tema central de su pintura, -algo con una tradición que se remonta a “La Antigua Alameda” de Joaquín Cuadras, pasando por Tejada, Bofill Cayol, los dibujos de Serra, las escalinatas de Aguilera, las agrupaciones de Horruitinier-, no está repitiendo un esquema, sino reinterpretándolo: algo parecido a lo que hace un sonero actual con respecto a lo que hizo Sindo Garay.

No creo inútil decir lo anterior, ya que si existen magníficos creadores cuya visión del paisaje santiaguero los lleva por caminos diferentes y válidos, el hecho de que Botalín apueste por una modalidad más o menos “consagrada” no constituye un juego al seguro sino lo contrario: hacerlo “en casa del trompo” . Los colores –que no desprecian al blanco-, los contrastes luminosos, los formatos, la informalidad dentro de lo formal –las rectas que no son rectas, pero que tampoco dejan de serlo- tan santiagueras, y tantas otras cosas que nos definen como ciudad y como seres humanos, revelan que Botalín mira, ve y trasmite. No reproduce maquinalmente una determinada visual de la ciudad sino que reflexiona sobre ella y dice cosas de sustancia.


Hace unos días le pregunté al pintor si esta muestra tenía título. Me respondió, “si alguien me pregunta, le pondría La Infatigable Santiago”. Y a sus cuadros, “De la Serie La infatigable Santiago”. Incluso, me explicó por qué ese título: son las palabras de Alguien aunque no recuerdo Quién. Hay que preguntarle al artista.



El asunto es que la palabra infatigable me recuerda, no a la cualidad de incansable y a cualquier hora de los santiagueros, sino a la índole constructiva de los cuadros de Botalín, donde los colores puestos con espátula parecen objetos duros (ni un profesor soviético sería capaz de negar a la pintura de este señor la calidad de plástica) que ha sido necesario acarrear, levantar y colocar. De la misma manera que un Rodolfo Hernández Giró se apoyaba en la transparencia del color, Botalín lo hace en la materialidad de cada objeto –muro, alero, sombra, montaña, palma- Labor de constructor, donde al igual que en la realidad de la ciudad, existen las líneas rectas solamente en la intención, que es como decir, que el que construye, el que pinta, es una persona, no una entelequia de cartabón y lápiz fino. He ahí quizá lo que me encariña más con esta obra: que ostenta su falibilidad, su muy relativa trascendencia.

A mi manera de ver ese es el valor supremo del “lo santiaguero”, si es que ese término existe (y espero que así sea), que viaja infatigablemente por el Tiempo, pero no sobre como sobre un Corcel, sino por dentro como una bala de ciencia/ficción por una arteria.

Eso me hizo ver Botalín con sus paisajes.

Santiago de Cuba, enero 2009

OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR:

--Serie CUABITAS, un lugar en el mundo
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/09/cuabitas-viii-y-final-cuabitas-hoy-y.html

viernes, 17 de octubre de 2008

EL ESTRENO de Lucía



Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

Hoy día Adela Legrá vive en Santiago de Cuba, en Cuabitas. Es mi vecina. Hace unos días nos encontramos en la parada del ómnibus. Dado que como casi siempre, este trámite resulta largo, varios vecinos se acercaron a conversar con ella y todo cayó en el tema de sus personajes. En realidad, en cualquier barrio no vive una artista de cine. En un aparte, yo también contribuí a la sesión de remembranzas:

AD: Adela, yo estuve en el estreno de Lucía.
AL: ¿Sí? Pero ¿en qué cine?, porque hubo varios.
AD: El 7 de octubre de 1968, en la Cinemateca de Cuba. Sería entre 8 ½ y 9 pm. Es cierto que ese mismo día estrenaron varios cines de La Habana, pero fui a la Cinemateca.
AL: Estaba toda La Habana: actores, directores, gente de cine y de teatro, escritores, artistas.

Es cierto, solamente faltaban los seguidores, la alfombra roja y las limosinas para ser igual que en las películas. Esto es una exageración; estaba toda La Habana, pero de manera bastante informal. Recuerdo que yo llevaba unos jeans, pulóver blanco y botas de cañero. No había cumplido 22.

AL: Me habrás visto con mi barriga.

Entonces, Adela esperaba su hijo. Creo recordar una mujer “en estado” vestida de blanco. El pelo largo, abierto al medio, la tela ligera. Parecía un fotograma de la propia Lucía. Me parece tan gráfico, que no me atrevo a garantizar el recuerdo. Ese año yo estaba con una permiso de la Escuela de Letras por cuestiones de salud, pero como debía viajar desde Santiago con cierta frecuencia a algún turno médico de los que nos han hecho célebres a los “del Interior”, en la residencia de becados me permitían alojarme, y hacerlo todo normalmente, por lo que sobrellevé el trajín con bastante paz: hacía pocos días había llegado a la ciudad y otro becario –los de Letras estábamos muy actualizados y teníamos muchas relaciones-, me dijo: Esta noche hay un estreno en la Cinemateca. Lucía. La última película de Humberto Solás. Trabajan “la Señora” Raquel Revuelta; la misma que hizo de Manuela (viste Manuela, ¿verdad), una muchacha de Baracoa excelente que se llama Adela Legrá. Y la Flora Lauten. No te puedes perder eso. Toma una invitación. Enseguida me embullé, y como a las 8 ½ p.m. ya estaba en la Cinemateca. Cuando uno tiene mucha vida por delante no le importa gastar tiempo conversando, riendo, caminando, “socializando” mucho; hoy día hubiera llegado a las 9 menos 5, hubiese cruzado dos o tres saludos, hubiese entrado a la sala, buscado un buen asiento y quizá hasta hubiera echado un brevissimo somnum hasta de que empezara la proyección.

Por suerte el ’68 no era el 2008 y me sentía como pez en el agua en aquella laguna de nombres conocidos y famosos: Estorino, Virgilio, Vicente, todas la mujeres fabulosas de Teatro Estudio, Pepe Santos, los entonces alumnos y alumnas de Cubanacán –el ISA quedaba en el futuro-, los Camejo no que esa noche tenían función, casi todos mis compañeros y compañeras de Letras –la brevísima Mary Montes junto al enorme Horacio-, Wichy el Rojo, Rogelio Rodríguez, el gordo Rodríguez Rivera, el Jabao Catalán, Helmito, por supuesto Coco Salas, y muy probablemente los componentes del mundo cultural underground que aún yo no conocía y conocería un año después (Pepe el Loco, Benny Bola de Humo, Benjamín Ferrera, Omar El Indio, quizá Bárbara y Waldo - joven pintor que expuso en el Salón ’70, muerto trágicamente años después en la cola de una pizzería: toda una promesa artística que se perdió.
Era octubre, pero la noche era seca y no hacía calor.

Recuerdo bien el filme. No ocurrió con Lucía como con esas películas cuyo valor solamente se reconocen años más tarde. Desde el primer momento todo el mundo comprendió que estábamos ante una obra maestra. Nadie regateó los elogios. Claro que, como jóvenes “del mundo culto” teníamos nuestras preferencias y a todo se le marcaba con una etiqueta. El primer cuento era “operático”: recordaba al italiano Senso. Además, aquella fotografía tan contrastada… El que gustó más fue el segundo, el que protagonizó Flora Lauten. Nos parecía más contenido, más calibrado. La tercera parte, a cargo de Adela y del santiaguero Adolfo Llauradó, indudablemente era la más fresca y la personalidad tan apasionada de ambos actores encajaba muy bien. Por cierto, para mi es una especie de misterio el por qué Adela no hizo más personajes con otros directores: en definitiva, si ella no era actriz “de escuela”, la mayoría de las que dieron forma al cine cubano de los ’60, tampoco lo eran.

Pocas veces tenemos el privilegio de saber cuándo estamos participando de algo importante. Eso me ocurrió con el estreno de Lucía, como antes me había ocurrido con el de La Noche de los Asesinos y el Ballet del Siglo XX con la célebre María Casares declamando a San Juan de la Cruz.

Agradezco a quien corresponda el haber podido recordarle a la misma Adela Legrá, cuarenta años más tarde, el día que se estrenó Lucía y ella estaba encinta de su hijo.
(Cuabitas, 16 de Octubre de 2008)


miércoles, 24 de septiembre de 2008

IKE. El ciclón de La CARIDAD



Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

(ESPECIAL para La Isla y La Espina)

Si el huracán Ike, en vez de haber pasado ahora, lo hubiera hecho antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando esos terribles fenómenos comenzaron a nombrarse como personas, seguramente fuera conocido en Cuba como El Ciclón de la Caridad.

Coincidentemente, Ike tocó tierra cerca de Punta Lucrecia, en el norte de la cubana provincia de Holguín, el 7 de septiembre alrededor de las 10 pm; es decir, unas dos horas antes de la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona católica de Cuba. Pero ahí no paran las coincidencias.

Según la leyenda, ese símbolo de cubanía que es La Caridad apareció en 1612 flotando en la bahía de Nipe durante un ciclón –o sea, cerca de donde Ike topó con Cuba-; el libro de Olga Portuondo Zúñiga reproduce la copia fotográfica de la declaración ante notario de uno de los participantes en el hecho, Juan Moreno -el “Negrito de la Virgen”-. otorgada ya al final de su vida, cuando había llegado a ser capitán de las milicias de El Cobre; y era conocido por su oposición a los abusos de los gobernadores de Santiago de Cuba con los cobreros esclavos -propiedad directa del Rey de España, que no de hacendado alguno, lo cual les procuraba ciertos derechos que los otros no tenían-.

La Portuondo, en su estudio, insiste en la conexión entre el culto católico a la Virgen y los cultos aborígenes, cuyo panteón incluía deidades femeninas muy similares en conductas, historias y atributos a los de la Caridad –la medialuna convexa de la criolla es similar a las líneas convexas, atributo femenino taíno, pues la cóncavas de la Caridad de Illescas y Sanlúcar de Barrameda aluden a la victoria sobre los invasores islámicos-.

Coincidencia de coincidencias, los taínos tenían un dios nombrado Huracán, con lo que las noticias de casas, escuelas y almacenes destruidos, inundaciones, postes eléctricos derribados y cosechas irremisiblemente perdidas, se ven inmersas con una embrollada y oscura trama de fechas, marinerías, cemíes e imágenes cristianas –creo que me apresuro: asegura el libro de la Portuondo que una restauración de los años ’70 mostró que la cabeza de la imagen actual de la Caridad está compuesta por pasta de maíz, material típico con que los aborígenes centroamericanos fabricaban sus efigies religiosas.

Después de haber visto lo usual a mi edad, no creo en las casualidades: o no existen, o no son “casuales” Con todo respeto a probables lectores, tampoco creo en la milagrería popular: somos nosotros quienes damos a las cosas los nombres y las conexiones. Es como darles raíces para que prendan en uno. Por eso preferiría que Ike se llamara “de la Caridad”.

Por una deformación, suele entenderse por caridad aquel favor que se hace por lástima. En realidad la caridad ni es un favor, ni nace de la lástima. Caridad viene del latín cáritas, o sea, el amor que se le tiene a los semejantes y al Ser Supremo. Caridad es amor. Amor por nosotros mismos como especie. Es un sentimiento profundamente ligado a la vida que existe en el mismo Ser Humano desde hace miles de años, cuando vivía errante o en cuevas.

Se ha comprobado que aquellos primitivos se cuidaban entre si, curaban sus heridas, se protegían del hambre, del frío y de todo cuanto significase daño. En muchos animales superiores actuales la caridad también existe. Se parece tanto a la solidaridad, que parecen una sola, aunque el ingrediente ideológico de esta última me hace ser más prudente y no identificarlas, no sea que los lectores más desconfiados me acusen de algo que no soy.

Pues sí, Ike me gusta muchísimo menos que Ciclón de la Caridad, Ciclón del Amor, ciclón de algo de lo que el mundo actual carece, más que de la gruesa capa que protege al planeta y día por día se agujerea y adelgaza. Me gusta pensar que el Ciclón de la Caridad es una especie de reclamo, una seña, un llamado. El momento de demostrar generosidad y amor sin condiciones previas, por encima de credos y compromisos.

Antes de condenarme por comesanto peste-a-sotana, o por canchanchán propagandista gubernamental, piensen que todo ocurre por algo. Y que todo lo que escribí está en los libros.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Memorias del ciclón (I) El Otro y Flora

(Imagen histórica del ciclón Flora que dejó más de dos mil muertos en Cuba durante su paso en 1963)

Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

Ciclones, temblores y todo tipo de desarreglos de tierra mar y aire jalonan la vida de todo caribeño. Sin embargo, mi niñez, como ciclón, sólo recuerda uno que nos sorprendió a mi madre y a mi cuando fuimos a La Habana, a ver a mi hermana que entonces estaba en lo que hoy se llamaría una escuela especial.

Vivíamos donde una tía, en una callejuela que va a dar al Torreón de San Lázaro. Recuerdo las noches sin electricidad y el viento que ululaba, las velas encendidas, las galletas con café claro, la gente mojada, pero sobre todo la indescriptible sensación de seguridad que me trasmitían aquel batallón de mujeres habladoras y aspavientosas que formaba mi tía, sus amigas y mi madre. ¿Cómo se llamaría aquel ciclón? No sé. Quizá ocurrió entre el ‘51 y el ’52.

Luego, no viví otro hasta el terrible Flora de 1963. Es decir, sabía que había ciclones: desde muy niño he sido muy curioso de la radio, los periódicos y las revistas. En octubre de 1963 se celebró en Cuba un congreso internacional de arquitectos y yo cumplí 17 años: desde meses atrás el periódico local convocó a quienes desearan trabajar como guías de los congresistas durante su estancia en Santiago de Cuba. Por supuesto que me alisté, proponiéndome para atender el personal de habla francesa.

Recibimos varios cursillos, el más interesante de todos –verdaderamente fascinante- se llamó Historia Local de Santiago de Cuba y lo impartió el historiador, escritor y periodista Raúl Ibarra Albuerne –padre del poeta Raúl Ibarra Parladé- quien además de lo anterior era un comunicador muy eficaz y una persona sumamente jovial –además de amigo personal de mi padre. Su cursillo tenía lugar en la calle Enramadas entre San Agustín y Calvario, donde funcionó el Colegio Juan Bautista Sagarra y hoy existe un gimnasio. Yo estaba fascinado y esperaba con impaciencia el Congreso.

Pero quien llegó fue el Flora. Es verdad que cada ciclón es diferente de los otros. Como se sabe, Flora entró a la antigua provincia de Oriente entre Guantánamo y Maisí, giró 90° al oeste por el Valle del Cauto, como para salir por el golfo de Guacanayabo, pero las altas presiones se lo impedían: Flora daba vueltas y vueltas, y no se iba. Por Santiago, lo que se dice sobre Santiago de Cuba, ese ciclón jamás cruzó –a pesar de que frecuentemente oigo, siendo falso, que a Santiago la devastó el Flora.

Al principio pensé que, para cuando llegaran los arquitectos, ya Flora se habría marchado; luego vi que pasaban los días y seguía batiendo aire y lloviendo a cántaros.

Una mañana nos decidimos a salir de casa: bajábamos a la ciudad por el plano inclinado de Quintero. Íbamos en un jeep: la gotas de lluvia chocaban contra mis mejillas como alfileres. Ya no había electricidad y había estudiado suficiente Álgebra, por lo que me invadió la desesperación. Sin electricidad no había radio, ni noticieros ni periódicos. Me sentía desolado. Fue tiempo después, cuando ya pude oir y leer noticias, que supe todo la huella de muerte y desolación que Flora dejó en Oriente.

Ya he dicho qué edad tenía en aquel tiempo; además, mi casa era cuarentitantos años más joven y no tenía goteras. Cuando por fin terminó de llover y soplar, salieron once manantiales en el patio de casa –hecho que nunca se ha repetido-; uno de ellos, junto a una mata de mangos, brotaba como un frío chorro vertical directamente del terreno: duró unos quince días. Y quince días pasaron antes de que hubiera de nuevo electricidad –hoy nos quejamos si el “apagón” se mantiene más de ocho horas después de un huracán.

En octubre del ’63 no solamente ocurrió el Flora, también tuvo lugar la Segunda Reforma Agraria, en cuya implantación sucedieron incidentes de todo tipo. Pero esas son otras historias.

Santiago, septiembre 17/2008

lunes, 1 de septiembre de 2008

CUABITAS (VIII y final) Cuabitas hoy y mañana


Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

(ESPECIAL para La Isla y La ESPINA)

Temperatura, humedad y renovación del aire han sido algunos de los factores determinantes para la vida en el tiempo, no sólo de Cuabitas, de Santa María, Boniato y El Caney: esta región al norte de Santiago se ha inundado de gente, no por necesidad de espacio barato, como en los Cerros caraqueños y bogotanos, sino precisamente porque tiene aire, paz, frescor –y terreno económico, es verdad-.

Si bien durante las décadas 1890-1930 –de diez a veinte años antes que el elegante Vista Alegre- Cuabitas fue una especie de resort veraniego para familias pudientes, pasó a barriada porque se vio que era posible lograr condiciones de vida económicas y placenteras, a la vez que en contacto con la naturaleza.

El realidad, las casas humildes fueron la semilla, los sitios donde no era necesario ostentar ni demostrar, sino simplemente vivir. Quizá por ello exista en Cuabitas tan poca diferencia entre la experiencia de habitar una mansión fastuosa y otra que no lo es. Lo principal –espacio, temperatura, aire, agua, luz- lo provee la exterioridad: los patios, los portales en forma de corredor, el follaje, la lluvia.

Las grandes casas demuestran soluciones formales y estilísticas, pero las humildes-tradicionales demuestran soluciones arquitectónicas: yo estoy convencido de que merecen tanta atención como las primeras.

No quiero que los cuabiteros lejanos piensen, porque no es verdad, que su reparto permanece como lo dejaron o que todo se destruyó sin remedio. Como todo lo vivo, Cuabitas ha cambiado mucho y seguirá cambiando.

Ya no se puede dormir con las puertas abiertas, ni siquiera abrir la delantera temprano en la mañana y cerrarla a la hora de dormir. Tampoco llega aquí la sirena de los barcos que entran o salen de la bahía, ni los pitos de las grandes fábricas mancando las siete menos cinco; a veces ni el sonido apocalíptico del tren. Sólo los aviones de pasaje por el corredor aéreo que atraviesa Cuabitas, invisibles de alto, o los neumáticos de los grandes camiones de corren por la Autopista Nacional, o, en la madrugada, la música salsera del gran cabaret a un lado del trébol que da entrada a Santiago.

Hay varias escuelas, un internado, un seminternado –o sea, un sitio donde los chicos se pasan todo el día y después duermen en sus casas-, varios consultorios médicos, una policlínica, una instalación para rehabilitar secuelas de accidentes o enfermedades cualquier tipo, una panadería, un centro para enseñar los secretos de los ordenadores, una tienda de víveres grande, otra pequeña, varios puestos de frutas y viandas. Una iglesia católica y otra de cierta denominación protestante que –excusen los fieles- no recuerdo.

Por lo demás, igual: Chalons se sigue desbordando cuando llueve mucho, los cuabiteros siguen pisándose la lengua, la nostalgia congénita de todo hijo de este sitio de “vivir fuera del mundo” se acrecienta o disminuye según los avatares del transporte público, los teléfonos, los viajes, y ahora el e-mail e Internet (el blog donde se publica esto, se hace y se emite desde la subida del Puerto de Boniato).

Confío que en un futuro –cuando la gente reconozca el privilegio del aire puro, el verdor y la lluvia--, el reducto cuabitero demostrará su capacidad de sostener mucha más población con mejor calidad de vida (me parece estar viendo la sonrisa irónica en el rostro del lector actual). A nadie quepa duda.

VER La serie: CUABITAS

---CUABITAS (I) Ni viruta ni astilla
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-i-ni-viruta-ni-astilla.html

---CUABITAS (II) Gente de Cuabitas
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-ii-gente-de-cuabitas.html

---CUABITAS (III) Personas y personajes
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-iii-personas-y-personajes.html

---CUABITAS (IV) Lo que quiere decir
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-4-lo-que-quiere-decir.html

---CUABITAS (V) Por el camino de Chalons

CUABITAS (VII) La casa simple: hoy y mañana


Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

(ESPECIAL para LA ISLA y LA ESPINA)

No digo justo; sería necio olvidar las casas modestas de Cuabitas.

Muchas grandes y bonitas han quedado, pero no nací ni crecí en una de ellas, sino en una sencilla que hoy, cuando todo parece estrecho, breve e improvisado, da la sensación de una mansión sin serlo. Porque forma parte de esa legión de moradas de madera o ladrillos, con techos de tejas “francesas” o de zinc y un terreno lleno de flores y frutales alrededor.

Todas basan su bienestar, no en la forma, sino en el diálogo con el verdor, la lluvia, el aire, los pequeños animales. Parte importante lo jugaban las celosías de madera y los portales en forma de corredor, que imponían una separación transitable con transitable exterioridad –tamiz, atalaya, sitio de conversación o meditación, como si las ventanas y las puertas no fueran suficientes.

Por otro lado, los tabiques entre uno y otro espacio a veces no cubrían toda la altura: pienso que de esa manera los volúmenes de aire caliente acumulado cerca del techo eran más libres de ir y venir, y de paso enfriarse. Debe de haber sido así, pues sé por experiencia que estas viviendas de puntal alto son sumamente frescas: claro se trataba sólo del puntal, ya que existían muchas puestas y ventanas, terreno vegetal –que guarda mucho menos calor y mucha más humedad que el rocoso- y una topografía por encima de esa especie de concha o cazuela que es la ciudad de Santiago y por debajo de las montañas que la separan del Valle del Río Cauto.

¿Quiénes las fabricaron? Como en las películas y los culebrones de TV, esos datos generalmente caen dentro del cono de penumbra. Quiero creer que en algún registro deben constar, pero –adelantándome al probable tema de tesis de un futuro diplomante de Arquitectura- yo recuerdo unos pocos.

Ya habíamos dicho que el veterano sargento mambí Pedro Rodríguez fue un gran carpintero de casas modestas: hizo muchas, sí, y la obsesión de las celosías denuncia su mano. Pedro debe de haberse asentado en Cuabitas a finales del siglo XIX, pues la casa de Antonio Peralta –que era un hombre blanco muy modesto, carretillero, picapedrero y suegro de Pedro- la hizo él-; también fabricó la de doña Felipa Castillo –una negra de las de antes: muy seria, veterana también de la Independencia, y que, como en los documentos del siglo XIX, llamaba Cuba a la ciudad de Santiago.

Comenzada a finales de los ’30 e inaugurada exactamente el 24 de junio de 1940, la mía -así como la de al lado- es obra de Nazario Nicieza. Él era contratista y maestro de obras, o sea, que se encargaba de hacer todo; la “distribución” de la casa, la pensó mi madre con el procedimiento de aquí el baño, aquí la cocina, tres habitaciones, etc. Parece que resultó bien, pues solamente estuvo inconforme con la altura de las ventanas (esto parecía un convento, relataba. Y es cierto, a las ventanas de casa hay que tener deseos de asomarse), pero Nazario las rehizo.

Con la casa de al lado –fabricada por iniciativa de un tío mío se repitió la fórmula, con mi madre de mandamás-, pero ahí las ventanas quedaron bien. El edificio junto a la capilla –hoy escuela- así como el cuarto donde duermo, los hizo un negro alto de ojos amarillos a quien apodaban El Mejor; era solamente albañil, pero no un pega-ladrillos, sino un verdadero constructor, pero que sin capital para comprar materiales y pagar una cuadrilla. Existe una guaracha que dice Soy El Mejor, El Mejor… que él aseguraba que se la dedicaron. Puede ser…

De lo hecho por Pedro queda parte en pie, y ni qué decir de las obras de Nazario y El Mejor.

Existen otros, como el Ingeniero Puente, ya más intelectual.

Todos dominaron a la perfección su código constructivo: no lo idearon pero lo aplicaron y adaptaron a la perfección para que su obra fuese barata y firme. Pasaron el pequeño terremoto de 1948, las infinitas tormentas de los años ’50, el Ciclón Flora de 1963, las aguas interminables del 2007 y, cachicambiadas y deslucidas por la falta de mantenimiento, se mantienen en pie.

Agradecimiento y homenajes.

VER La serie: CUABITAS

---CUABITAS (I) Ni viruta ni astilla
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-i-ni-viruta-ni-astilla.html

---CUABITAS (II) Gente de Cuabitas
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-ii-gente-de-cuabitas.html

---CUABITAS (III) Personas y personajes
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-iii-personas-y-personajes.html

---CUABITAS (IV) Lo que quiere decir
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-4-lo-que-quiere-decir.html

---CUABITAS (V) Por el camino de Chalons
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-5-por-el-camino-de-chalons.html

---CUABITAS (VI) Las casas
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/antonio-desquirn-oliva-especial-para-la.html

jueves, 28 de agosto de 2008

CUABITAS (6) Las casas

Antonio Desquirón Oliva
(ESPECIAL para La Isla y la Espina)


Siempre fue ambición de los vecinos de Cuabitas elevar la categoría de nuestra capilla y volverla parroquia, o sea, que en ella habitaran sacerdotes. Y se dieron a la tarea de reunir dinero para construir un inmueble. Allá por 1955 ó 56 comenzaron las obras y estaba quedando bien, pero el dinero no alcanzaba. Entonces los cuabiteros católicos decidieron ir a Villa Elvira a pedir más. Por supuesto que hacía siglos que Don Emilio no existía, pero estaba doña Marina. Y yo fui. Me colé con los mayores.

Nos abrieron y yo entré a donde nunca antes y jamás después lo haría: Villa Elvira por dentro. La original. Un mayordomo vestido de oscuro como en las películas, adornos de bronce, lámparas de cristal. Lo que más asombraba de las enormes casas –no de la mía- era la frescura, la media luz, ese estar adentro que se parecía tanto a estar afuera. Con todo, Villa Elvira no era de madera, como tampoco La Casa Azul hecha en los años ’20 por el dueño de un central, cuyas iniciales aún conserva la fachada.




En Cuabitas y Santa María hubo y hay muchas casas de madera. Grandes y pequeñas, pobres y ricas, lujosas y modestas, bien y menos bien construidas. Como ya he dicho, se trataba de construcciones destinadas a usarse dos o tres meses al año, en verano. No valía la pena hacer grandes inversiones. Eso y la moda americana del ballon frame.

Como es lógico, las casas de madera se convirtieron en una solución popular: nunca vi en Cuabitas el tradicional “embarrado” de cal, arena y tierra sobre cuje tejido.
Como el tiempo, el comején, los incendios y la urgencia de los nuevos habitantes que necesitaban materiales para construir sus propias viviendas casi ha acabado con ellas.

Mi casa no es de madera, aunque en realidad la magia de las casas de Cuabitas quizás estaba en que no se sintiera mucho la diferencia entre vivir en una construcción de madera o de mampostería.

Crecí junto a Villa Margot, bella propiedad del Coronel mambí Eduardo Dubois. Debe haberse construido hacia los años ’20, quizá antes, pero ya no existe. Sus horcones de pino rezumaban resina en mi niñez: lo menciono porque ese perfume penetrante y seco inundaba todos los espacios como salidos de un rompecabezas, su mobiliario totalmente hecho de mimbre, su espejo de marco dorado, sus biombos, los asientos dobles para enamorados y las grandes fotos ovaladas...

Jamás pude descifrar la enorme cantidad de aguas de su techumbre, ni sus rincones obtusos, ni su carencia de adornos, ni siquiera la senda de su largo portal en forma de corredor. Desgraciadamente no queda ni una foto. Comparada con la mía, Villa Margot era, o un perfumado cofre de madera o el fragmento de un filme expresionista.

Pero existían también la Casa de las Bravo, que se quemó; la enorme Casa de Altos en el corazón de Cuabitas, abandonada e incendiada alrededor de 1957, Villa Nina, que tenía algo parecido a un zoológico con pavorreales, venados, conejos y tortugas-, que ardió en los ’70; Chantilly, que también se quemó un domingo por la tarde; la Casa de Gallart –en realidad construida por el Conde Duany a fines del siglo XIX, donde hice el Kindergarten con mi amada maestra Bertha Gallart y su original familia. Y otras casas más, que no recuerdo, quizá menos notables.




En cambio, presento ésta, quizá menos antigua que las anteriores, con esa austeridad llena de confort de las casas tradicionales americanas, pero la mejor conservada hoy por hoy. Cuando nací, pertenecía a la familia Alea, que eran comerciantes de ropa masculina: no creo que ellos la construyeran, pero sí plantaron la enorme casuarina que cada Navidad tenían la osadía o el empecinamiento- no se cómo llamarlo- de adornar.

Cuando los Alea abandonaron Cuba, pasó a habitar en ella un señor llamado Neno, cuyos descendientes continúan allí. Una de las obsesiones del difunto Neno era mantener linda la casa. Y lo hizo bien.


VER La serie: CUABITAS

---CUABITAS (I) Ni viruta ni astilla
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-i-ni-viruta-ni-astilla.html

---CUABITAS (II) Gente de Cuabitas
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-ii-gente-de-cuabitas.html

---CUABITAS (III) Personas y personajes
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-iii-personas-y-personajes.html

---CUABITAS (IV) Lo que quiere decir
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-4-lo-que-quiere-decir.html

---CUABITAS (V) Por el camino de Chalonshttp://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-5-por-el-camino-de-chalons.html

martes, 12 de agosto de 2008

CUABITAS: (II) Gente de Cuabitas


(“Cuabitas es un barrio de Santiago de Cuba. Un barrio, o un pueblo, no sé…Cuando uno sale de Santiago hacia el Puerto de Boniato, se atraviesa Cuabitas por la mitad…”)


Antonio Desquirón Oliva
(ESPECIAL para La Isla y La Espina)


¿La gente de Cuabitas? ¡Hay tanta! Veinte, veinticinco, treinta mil, no sé. Gente de todas partes.

Según las estadísticas, la población de Cuba está envejeciendo, y la composición de los colores de la piel está entre el mestizo y negro, con una fuerte presencia blanca. Y hay casi tantas mujeres como hombres.

En cuanto a Cuabitas, mi opinión personal no es ésa. Y por supuesto que puedo estar equivocado.

A mi me parece –me parece-, que en mi pueblo hay más jóvenes que viejos, más mujeres que hombres, y muchos más mestizos que negros y blancos (que, claro que también los hay).

Muchos han nacido y crecido aquí, pero sus padres o abuelos vinieron de otros sitios. Durante los ’60 y ’70 hubo una gran migración dentro de Cuba: los de Oriente se fueron a Occidente y los de los campos vinieron a las ciudades. Eso, sin hablar de los que dejaron Cuba.

Cuabitas fue un reparto “residencial”. No de lujo, sino muy cómodo y tranquilo, con patios de frutales y jardines de flores. La mayoría de esos patios se fraccionaron y en ellos se asentaron las familias campesinas, o de otros pueblos que querían “acercarse a Santiago”. Así surgió el Cuabitas de hoy. Sobre lo que quedaba del “de ayer”
ni los libros de historia ni los archivos son muy pródigos en datos sobre Cuabitas.

Yo imagino que básicamente, en lo que a naturaleza se refiere, Cuabitas no debe de haber cambiado mucho. Imagino que algunas personas decididas a vivir sólo de la tierra se refugiaron en ella a fines del siglo XVIII o principios XIX, y a medida que se desarrollaron el ferrocarril de Sabanilla-Maroto y el Camino de Dos Bocas y San Luis de las Enramadas, vinieron más. Se asentaron, hicieron fincas (Nuestra Señora de las Cuabitas, Nuestra Señora de Las Cuabas, La Gloria, el Infierno y El Purgatorio son nombres de fincas).

De hecho encontré en el Archivo Histórico provincial un documento de principios del siglo XIX donde un eclesiástico declara que sus posesiones son un pedazo de tierra que colinda por el Este con el Camino Real de San Luis y por el Sur con el Río Purgatorio, y dos esclavos. Luego, encontré una fotografía de junio de 1895, al día siguiente de un ataque mambí, donde aparece una casa totalmente en cenizas: las construcciones de madera y los fuegos accidentales o no son muy típicos de Cuabitas, pero la foto muestra un horizonte bajo que más parece el que se ve desde el norte de la ciudad, que el de Cuabitas, y deseché la imagen.

Luego, existe un texto de julio de 1898, del sargento norteamericano John J. Turner, voluntario participante en la Guerra Hispano Cubano Norteamericana, donde se cuenta la toma de Cuabitas y cómo los santiagueros habían emigrado a ella, Boniato, El Caney, temiendo el bombardeo de la ciudad. Cuando habla de relámpagos, lluvia, fango, cambalaches a base de boniatos, malanga, carne y pan, me di cuanta de que estaba donde mismo yo vivo: en Cuabitas.

La gente de la Cuabitas de hoy son “de trabajo”, sin grandes niveles de vida, ni demasiada cultura, pero luchadoras, fuertes, con virtudes y defectos, pero sumamente amantes del la vida –lo cual me parece irremediable, rodeadas de una naturaleza tan exuberante y verde como la nuestra.

Es como una magia. Fresco, paz, animales, árboles, flores, frutas. Cuerpos…

En fin, que quien vive dos años aquí, no se va, y si lo hace, le duele.

VER La serie: CUABITAS

---CUABITAS (1) Ni viruta ni astilla
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/08/cuabitas-i-ni-viruta-ni-astilla.html

martes, 8 de julio de 2008

UNA TARDE DE POESÍA EN EL FESTIVAL DEL CARIBE

(De izquierda a derecha: Yunier Riquenes, Carlos ESquivel, Antonio Desquirón y Reinaldo Cedeño)


Reinaldo Cedeño Pineda


Una de esas jornadas para agradecer, la de este lunes 7 de julio de 2008 en el 28. Festival del Caribe, en esta Fiesta dedicada al Caribe mexicano y que cada julio tiene lugar en mi Santiago de Cuba.

El Taller de Poesía El Caribe y el Mundo, bajo la dirección de Teresa Melo y la coordinación de mi tocayo Reynaldo García Blanco, tuvieron la deferencia de invitarme a leer algunos de mis poemas. Lugar: Librería Ateneo "Amado Ramón Sánchez", en la popular calle Enramadas, cantada y transitada por lugareños y visitantes.

Y este periodista, este bloguero... que de vez en cuando hace poesía, sacó unas hojas de su libro en preparación “Poemas del lente”, y leyó unos cuatro o cinco poemas. Dos de ellos han sido publicados recientemente en el tabloide cultural “El Caimán Barbudo”.

El premio mayor fue al lado de quien estuve: de los consagrados Carlos Esquivel y Antonio Desquirón, y del joven ya laureado y amigo, Yunier Riquenes. Cada uno, con sus matices propios, hizo de estos minutos algo diferente, reflexivo, de disfrute de las imágenes desde la letra y la imaginación. Y también de un público de amigos y poetas.

Reynaldo García bromeó. Todos somos de poblados, de las afueras, de la periferia de la ciudad: Yunier de El Caney, Desquirón de la Carretera de Cuabitas (lugar al que ha cantado( y este servidor, Reinaldo Cedeño, de un poco más allá: Boniato... en las afueras de Santiago de Cuba. Y , por si fuera poco, Esquivel es de la provincia de Las Tunas.

Fue una tarde de poemas sobre el arte y el mito, sobre la ciudad y la filosofía, el cine; poemas sobre el amor múltiple y diverso, sobre la ciudad; poemas desde la instrospección, poemas como pinceladas. Poemas profundos..

Gracias por ese premio. Y para guardarme ese instante, aquí les dejo el poema IXTEL; fruto de las lecturas el México precolombino, de mi autoría y uno delicioso de Antonio Desquirón: INUNDACIÓN DEL RÍO PURGATORIO.

En exclusiva:

IXTEL

Reinaldo Cedeño Pineda

Ixtel era un retoño del cielo de Texcoco
nació para guerrero
corría por los caminos
mientras las cañas azotaban su rostro
Tenochtitlán se muere de sequía
allí donde el águila devoró una serpiente sobre un nopal
los lagos son desiertos
el maíz anda pariendo granos de ceniza
los sacerdotes observan la mancha de los astros
se mesan el cabello
arde el copal en grandes cuencos
Huitzilopochtli necesita las lágrimas de un niño
para que Tlaloc el señor de la lluvia
y Quetzalcoatl dueño del viento
atiendan sus ruegos
para que el Quinto Sol no muera
Ixtel escucha los tambores
cuando parte con los enviados de altas plumas
imagina su lanza de obsidiana
como la de Huitzilopochtli dios de la guerra
pero Tenochtitlán es gris
por más que cuelguen en su cuello flores de Xochimilco
plumas de pelícano
y la miel rebose en su copa de madera
Tenochtitlán es gris
como ave moribunda
Ixtel sube la escalinata del Templo Mayor
con las sandalias más hermosas que ha calzado un mexica
cuenta cada piedra
un olor a pulque y a pimienta traspasa las oquedades
danzan los sacerdotes con pieles de jaguar
danzan las flautas de cáñamo
Huitzilopochtli aparece al borde del abismo
el hijo de la diosa con falda de serpientes
con su armadura azul la pierna de colibríes
el rostro negro

Los sacerdotes alzan el pedernal
Ixtel mira como se apagan de repente las nieves perpetuas del Popocatépelt
y siente frío.


INUNDACIÓN DEL RÍO PURGATORIO

Antonio Desquirón

1
Vuelve otra vez.
Repite lo que ya sabemos:
regresa.
Si desaparecen todos los rastros del camino,
si se derrumban todos los techados de teja
o de hormigón.
Incluso si nada más quedan los árboles
y el Purgatorio arrasa con su puente.
Vuelve.
El campo de forraje ya no sirve,
el platanal se acostó contra la arcilla,
se deslavó el barro,
el asfalto se fue.
Vuelve. Una vez nada más.
¿Bastaría un solo beso? ¿Otro?
¿Bastaría una vez?
2
Marina salió al portal
a buscar fresco:
la miraba el lagarto,
el clarín color carne,
la piedra percudida.
No había quietud.
El frente de la casa hedía a cilantro,
que es como decir a sopa.
Huyeron la sombra en la ventana,


el canto del negrito de ojo’asule
(que rimaba con hule):
el agua sacó la mayor parte.
¿No hay que ser héroe?
¿ Se puede esperar la inundación?

3
Juraba que nunca lo había visto,
le quemaban el costado y las uñas
y seguía jurando.
Yo sí lo vi.
Mientras los vecinos salían con sus esposas
o abrazaban a las chicas detrás de las matas de guayaba,
yo hice lo necesario.
Juraba que ese viejo pagaría,
que todo era un truco para estar bien cerca.
Y pagó.
Mientras los vecinos reparaban sus cacharros
y traían agua desde la cisterna,
mientras el cielo se agitaba
y ya no se podía seguir
jugando dominó.

4
Recuerdo bien, y fue sólo unos minutos después del medio día.
Comenzaron a flotar palitos y hojas.
Cómo pensar que basta con regresar una vez.
Era un clérigo
y vivía justo
frente al camino real, y a su derecha le pasaba ese río:


no era que se conformase con los dos esclavos que tenía,
es que de dónde iba a sacar para más.
Invadir, rajar, torcer.
¡Dios, se están yendo los atajos y las vigas!
¡Se están yendo mi lengua y mi deseo
—aplastar todo
un arroyo así sin importancia—
en una inundación del Purgatorio!

5
Al fin has visto.
Lo que pensabas era cierto: cambiaste aquel dolor
por éste,
que se soporta muchísimo mejor.
El cigarrillo y el tazón de café.
Las luces verdes a través
de las rejas,
los faros y el aire de la cuesta
como si ya fuese a amanecer.
Es otra vez la inundación
del Purgatorio.