martes, 22 de septiembre de 2015

LA SOLITARIA AVENTURA DE LEER EN UNA ISLA: Amílcar Rodríguez Call / MENCIÓN en el IV Concurso Caridad Pineda In Memoriam. Santiago de Cuba, 2015




Mi biblioteca era un ducado suficientemente grande
Shakespeare. La tempestad
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca
Borges

Amílcar Rodríguez Cal

Tenía nueve años y hasta entonces vivía en un hueco. El camino desde la casa a la escuela, y allí el largo patio donde nos reuníamos los chicos a jugar pelota y baloncesto; los solares en los contornos del barrio para bañarnos en los aguaceros; los aburridos domingos de calles desoladas, ese era todo mi mundo, y ni siquiera intentaba imaginar lo que podría existir más allá de mis fronteras.

Una mañana lluviosa la maestra faltó a clases. El aula se inundó de esa alegre bullanga que acompaña la despreocupación. Juntamos sillas y nos reunimos en pequeños grupos, rasgo de nuestra especie que adelantaría las tribus urbanas a las que perteneceríamos en el futuro. Algunos dibujaban en la pizarra, otros tiraban tacos de papel. Llegó una auxiliar y se sentó en la silla de la profesora, imponiendo orden por medio minuto, pero la gruesa señora no tenía autoridad ni en su propia casa, y la algazara prevaleció. Mi amigo Monguito sintió deseos de orinar, y allá fue sin pedir permiso a nadie para cumplir su imperativo.

Cuando regresó del baño traía bajo el brazo un libro de hojas muy blancas y letras grandes, sin la portada y faltándole las diez primeras páginas, con muchas ilustraciones donde aparecían cabras junto al mar, botes a la deriva en un océano embravecido, un hombre barbudo con sombreros y harapos que entonces me pareció extravagante, un velero encallado en los riscos. Alguien puso el libro sobre el retrete para que ejerciera un servicio público, pero Monguito lo rescató diciendo que los dibujos le recordaban un animado que en esa época ponían casi todos los días en la televisión, acerca de un hombre que sobrevivía en una isla desierta, y me entregó el libro para que se lo leyera.

Cierta fama tenía yo de lector. Por mi ritmo expresivo, mis pausas y pulcritud, era uno de los destacados en la asignatura de Lecturas, a pesar de que eran los libros escolares mis únicos ejercicios de aprendizaje, y las historietas que de vez en cuando me compraba mi madre. Nunca había leído una novela o un libro de cuentos, múltiples páginas con muchas letras me espantaban.

Cumpliendo el encargo de Monguito, empecé. Acabando la tarde, el piloto y el contramaestre pidieron permiso al capitán para aserrar el palo de mesana, pues de otra manera el navío habría de hundirse sin remedio. Eso fue todo. Impaciente, Monguito me dejó para enrolarse en uno de los dos ejércitos de la batalla de tizas que recién comenzaba. Pero algo se movió dentro de mí al pronunciar aquella línea, hojear los dibujos y leer las denominaciones de capítulos. Guardé el libro en mi viejo maletín de lona, y lo olvidé hasta la noche, cuando al ordenar las asignaturas del siguiente día me lo topé. Volví a sentir el mismo cosquilleo de la mañana, y me aventuré a leer par de páginas.

Treinta años después recuerdo aquella lectura como un mazazo. Las imágenes que nacieron en mi mente al compás de la narración han permanecido en mi baúl de añoranzas al mismo nivel que sucesos reales tan impactantes como la primera noche de sexo, el primer entierro de un ser querido o el iniciático viaje a lejanos destinos. Me entusiasmé tanto que en dos días concluí mi primera novela, récord que a mis ojos infantiles pareció inmenso. Y sí, supe enseguida que el libro era una adaptación de un animado en boga entonces, pues necesité algún tiempo para comprender que el segundón era el muñequito.

Mi amigo Robinson Crusoe, embarcó en el puerto de Hull en la mañana del primero de septiembre de 1651, y después de naufragar cerca del faro de Winterton, aprendió de marinería en varios viajes a Guinea, hasta que su barco fue apresado por un corsario y Robinson llevado a Marruecos. Por dos años sirvió de esclavo hasta hallar la oportunidad de escapar bordeando la costa africana, y subir luego a un velero que lo condujo a Brasil. En la colonia portuguesa se hizo hacendado, pero su carácter rebelde lo llevó a enrolarse en un buque negrero, con tanto infortunio que en su primer viaje se vio arrastrado por varias tormentas a parajes lejos de las vías frecuentadas por los barcos, al norte de las costas de las Guayanas. Allí encallaron y el cruel destino quiso que mi amigo Robinson fuera el único sobreviviente del naufragio, y precipitado al fondo del mar llegara nadando a una isla deshabitada.

Todo está incrustado en mis pupilas como si hubiera sucedido ayer. Los varios viajes que hice al pecio para recuperar la mayor cantidad de bienes posibles, ahora que todo tenía valor; el establecimiento en la isla, los primeros cultivos, el fomento de los rebaños de cabras; la elaboración de recipientes de barro, la fabricación de pan, la confección de indumentaria a base de pieles, los intentos de bojear la isla en canoa. Recuerdo con claridad el espanto que me invadió al toparme con la huella de un pie humano en la arena, más larga y ancha que mi propio pie.

Corrí a mi casa lleno de pavor, volviendo la cabeza a cada instante para ver si alguien me perseguía. Luego los caníbales empezaron a merodear la isla, y un día conseguí arrebatarles a un cautivo al que puse bajo mis servicios. Viernes le llamé. A partir de entonces ya no estuve más solo, y juntos liberamos a otros prisioneros de los salvajes hasta formar una pequeña comunidad. Finalmente, luego de veintiocho años sobreviviendo en aquella ínsula, conseguimos apropiarnos de un navío repleto de amotinados que vino a carenar en las costas. Regresé a Inglaterra en 1687.

En los días que siguieron me cuidé mucho de mencionarle a Monguito los tesoros que hallé en aquel libro, no fuera a ser que me lo reclamara. Derribados mis jóvenes prejuicios a las páginas con muchas letras, me aventuré a bucear en la biblioteca de la escuela, y una mañana encontré en uno de los anaqueles un grueso libro con un hombre barbudo en la portada, y allí el nombre: Robinson Crusoe.

Para mi sorpresa, la historia en el interior era otra, y descubrí que las secuelas no son alumbramientos tan modernos. Pero la segunda parte de las aventuras del emprendedor inglés resultaron ser, además de mucho más extensas, tremendamente aburridas. Robinson retornaba ya anciano a la isla, donde los hombres que dejó al partir habían formado una colonia, y dedica interminables páginas a describir sus luchas intestinas y su apogeo. Luego emprende un viaje alrededor del mundo tan monótono, que para los críticos de hoy resulta poco probable que ambos volúmenes hayan sido escritos por la misma persona. El fracaso fue tan demoledor que ya nadie se acuerda que Robinson volvió a las andadas. Pero la rueda de mi vicio había echado a andar, y no pararía.

Una nueva narración de Defoe me devolvió al camino, Moll Flanders, las aventuras de una prostituta londinense de la que años después supe era una de las grandes novelas inglesas. En el transcurso de un año conocí de las habilidades de Stevenson, Dumas, Verne, Cooper, London. Me pareció entonces que las vidas de tales escritores debían estar cuajadas de hazañas sobre las que construían aquellas historias, y amplié mis lecturas a biografías y memorias.

Supe de las muchas andanzas del padre de Robinson, sus avatares como espía y la desaparición al final de su vida, huyendo de los acreedores; la novela que lo inmortalizaría se la inspiró un personaje real, un marino escocés de nombre Alexander Selkirk, que navegando en una expedición corsa bajo el mando del inglés William Dampier fue abandonado, luego de una discusión con su comandante, en una isla deshabitada del archipiélago Juan Fernández, 700 kilómetros al oeste de Chile. Sobrevivió en solitario cinco agobiantes años, hasta ser rescatado por un buque inglés. También conocí las leyendas en Tahití acerca del contador de cuentos, y el pasado rojo y agitador del que narró las historias de Buck y de Colmillo Blanco.

Fue en aquella biblioteca donde, superados mis raigales temores, cometí mi primer pecado: me robé un libro. En la portada la cruz svástica, y en el interior una alucinante ucronía donde los nazis ganaban la Segunda Guerra Mundial, y un inglés evadido de los campos de concentración caía dentro de las grandes haciendas del conde Von Hackelnberg, jefe de los guardabosques de Hitler. El cuerno de caza fue publicado en Inglaterra en 1960, y su autor se ocultó bajo el seudónimo de Sarban. Un relato cegador donde el sadismo y los métodos científicos modernos para degradar a los seres humanos en bestias esclavas alcanzan dramáticos desenlaces. Mujeres–linces, hombres–mandriles, prisioneros cuyo destino final era ser cazados. Aún resuena en mis oídos el grueso ulular del cuerno que el conde tocaba desde sus pabellones para dar inicio a la caza. Guardé aquel pequeño ejemplar entre mis más entrañables pertenencias, y seguí por el camino de los años.

Una vez enganchado en la carroza de la lectura no tuve vuelta atrás. Tuve que sustituir mi primer librero por un juego de planchas de madera que clavé en las paredes, en poco tiempo el espacio vital de mi cuarto se redujo por culpa de los libros, que empezaron a acomodarse igualmente en el suelo y bajo la cama. Con los años llegaron también las nuevas relaciones, y la atmósfera para respirar se me fue haciendo tan estrecha que debí dejar atrás varias cajas de libros con tal de seguir adelante, pero por alguna razón siempre volvía a ellas, como árbol que no puede crecer sin sus raíces. 

Con el arribo de la era digital la cuestión del espacio ya no fue un problema. En una nuez podían apiñarse todos los libros que adquirí en la vida, y los de mis amigos, y los del catálogo de tantas bibliotecas públicas y privadas esparcidas por la ciudad. Siguió acompañándome el fetichismo por el objeto que significa un libro impreso, su olor, el tacto, el sonido de las páginas vueltas, pero también fue abriéndose lugar la adicción a coleccionar ideas e historias, pensamiento, que en primera instancia es el sentido de un libro.

Me reconocí colega de Robinson Crusoe, navegante indomable de una web mucho más ancha que todos los océanos juntos, y donde información, criterios, debate y polémica se dan la mano en un sendero abierto para todas las generaciones, géneros, colores, afiliaciones políticas y religiosas, infotribus y tendencias.

Supongo que de no haber existido aquel primer día hubiera llegado otro para sustituirlo, un mes después, un año, tres años después. El destino está marcado, no hay escape posible. Pero me gusta pensar que todo lo que vino posteriormente en mi vida, universidad, humanidades, estudios literarios, viajes de trabajo, familia, fue consecuencia directa de aquella mañana lloviznosa y despreocupada en que faltó la maestra.

DEL AUTOR

AMÍLCAR RODRÍGUEZ CAL (Santa Clara, 1974)

Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad Central de Las Villas. Egresado del curso anual de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, dirigido por Eduardo Heras. Mención en Concurso Nacional de Ciencia Ficción 2003 de la revista Juventud Técnica con el cuento “La huida”. Mención en Concurso Nacional de Poesía Regino Pedroso 2006 con el poema “Oficios. Díptico”. Textos publicados en las antologías de minicuentos “Nota de prensa” y “El equilibrio del mundo”, editoriales Luminaria y Caja China. Crónicas publicadas en diarios nacionales como colaborador

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LEER CON EL CORAZÓN: IV Concurso Caridad Pineda In Memoriam
http://laislaylaespina.blogspot.com/2015/09/leer-con-el-corazon-iv-concurso-caridad.html

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