lunes, 14 de septiembre de 2015

MI BOMARZO: Misael Lageyre Mesa ∕ MENCIÓN del IV Concurso Caridad Pineda In Memoriam de promoción de la Lectura. Santiago de Cuba, 2015



 A Lucía Dalis

“La verdadera amistad es aquella que aún siendo diferentes, amamos las diferencias. Aún siendo defectivos, nos aceptamos perfectibles”.    José Luis Cunha, poeta y músico venezolano 

Misael Lageyre Mesa

Existen palabras cuyo espíritu viaja sin rumbo preciso, abarcador y polémico, más que nada por lo que pueden despertar para los hombres, sumergidos en sus más intensos conceptos existenciales.

   Así, mientras se acepta que en la “diferencia”, donde se aleja la monotonía y cobran vida los contrastes, está lo atractivo de la creación, ser “diferente” puede constituir la negación o el rechazo más humillante al que se vea sometido un ser humano, aún hoy cuando al menos se aborda el asunto con cierta libertad y se tratan de limar distancias y prejuicios ancestrales.

   Lo que sí me es seguro aseverar es que los sucesos diferentes marcan con un cursor muy propio nuestra memoria. Crean allí una morada breve y discreta, adueñándose de un islote de neuronas más que particulares, reacias a la sustitución o la comparación.


   Eso sentí, y aún siento, en Bomarzo, lugar que “visito” eventualmente desde hace mucho. Manuel Mujica Lainez, el sagaz escritor del vasto sur americano, me lo “presentó” muy a su modo allá por mil novecientos noventa y cinco, en medio de una oscuridad diferente a la del resto del mundo conocido. En ese primer momento confieso que el voluminoso texto no fue la tabla en altamar, pero sí la seguridad de una isla cercana. Los avatares de una sociedad desesperada, mi polémica incursión en una relación diferente, la licenciatura desafiante…eran caminos pedregosos que me sumían en la irreverencia y la confrontación.

   Arribé entonces a la isla prometida, que no era perfecta, solo suficiente para mostrarme que mi situación no era la más injusta del universo, que era compartida por otros, también vapuleados por el mundo, y que aunque les tocaba doblar su espalda, seguían de pie. Y me transmitió una paz extraña, tolerante y comprensiva, justa con todos y en especial conmigo mismo. Me sentí protagonista de mis vivencias y propósitos y comenzaron a latir las ganas de entender la vida como un regalo, breve, impreciso, pero merecido amén de las diferencias.

   Dicen que cada cosa llega a tu vida en el momento justo en que la necesitas, si bien puede que no alcances a entenderlo. Bomarzo fue de hecho ese puente que unió mis fragmentadas ideas y las condujo hasta el interior del “otro”, de “ese que está enfrente”, que precisa la luz que muchos de nosotros podemos encender y comúnmente no lo hacemos. Fue así que aprendí a avivarla en cualquier corazón que me invite a entrar, sin pensar que el viento de la inseguridad hará lo posible por apagarla. No obstante, la mayor transformación fue a un plano muy personal, el más necesario de todos.

   ¿Qué causó esta oportuna e inesperada evolución en mí? Pues esas páginas me absorbieron, se apoderaron de mi incertidumbre y desde entonces abrigo una atracción desmedida ante la posibilidad de recorrer los pasillos y laberintos de una época italiana de esplendor, de jardines y sensibles alfombras, de obras de arte eterno, y de osos protectores envueltos en reliquias etruscas. Yo palpé la esencia de una sociedad miniaturizada entre aposentos lúgubres y ventanales al horizonte. Percibí el aroma añejo de la opulencia, la apariencia y el placer. La confusión del deber con el ser: la justeza enrostrando a la moral.

   Todavía busco un poco de mi privacidad más auténtica en esta construcción y sus macabros alrededores, constipados de piedras vivientes, a quién su controvertido creador, Pier Francesco Orsini dio en llamar El sacro bosque de los monstruos. Bomarzo es, con toda certeza, la mezcla homogénea de la ficción vital y la realidad histórica a la manera de un sueño muy vívido que pone en duda la lealtad de la vigilia.

   Sin embargo, lo que atrapó para siempre un fragmento de mi mente insaciable, propiciando el cuestionamiento necesario, fue la personalidad tormentosa, analítica y esquiva del propio Pier Francesco Orsini, el niño, el joven, que llegaría a ser el Duque de Bomarzo. Me lo describieron con tanta maestría y dominio de las más profundas y enrevesadas callejuelas de la psiquis en un hombre enfermo de temor, vergüenza y ansiedad, que aprendí a  ver  con facilidad el interior de quienes física o mentalmente les acoge una diferencia agobiante.

   Este ser incomprendido fue llamado a vivir esa diferencia desde el altar más vulnerable del juicio social: su cuerpo físico, su imagen ante la vastedad del universo y la estrechez destructiva de la vista humana.

   Yo vi su hermosura, capté su inteligencia, su candidez transparente que buscaba el mismo amor que necesitaba dar. Pero a seguidas me encaró el peso desmedido de su espalda deforme, su pierna rastrera, sumiendo en la oscuridad de la angustia cualquier sentimiento de estabilidad emocional, valor y estima necesaria. Quién diga que “perdido en el bosque de los objetos, olvidaría la selva de los hombres” se carga de aislamiento y soledad interna.

   Cuando miro al vacío con los ojos del pensamiento piadoso le veo correr con inestable equilibrio, huyendo de sus hermanos Girolamo y Maerbale, amasijo de maldad y burla, mientras el viento poderoso de la intolerancia, el desprecio y la humillación lastraban su silueta. Aseguro que entendí su desesperación, sus múltiples “por qué” acentuados.

   ¿Quién no amó a su abuela como él a la suya? Será siempre la ancianidad el desván para el descanso físico o psicológico frente a la sociedad oprobiosa. Rogamos en silencio que vuelvan esos seres desgastados de huesos, engrandecidos de alma. El pequeño Orsini la describiría como “intacta, luminosa, transparente, en la distancia inmensa del tiempo, conjurando con su aparición a los duendes y a los vampiros”. Yo nunca dediqué esas palabras a la única que tuve, pero la amé tanto o más. Y aún sigue siendo mía.

   Quedé identificado con este joven aristocrático, de clase innata, nacido en la grandeza  material y ahogado en la miseria animal. Desde siempre vibré con la sensualidad de sus episodios amorosos, esa complejidad de lo que se quiere ante lo que se puede. Adriana dalla Roza, Abul, Nencia, Juan Bautista, Zanobbi… eran con la diversidad de sus personalidades como “un dédalo sentimental que embargaba mi ánimo y poblaba mi soledad con emociones distintas”. No me es difícil buscar analogías.

   Pero me fue muy interesante el valor que va cobrando el despliegue de este personaje, su perseverancia y la fuerza interna, esa que nos permite alcanzar propósitos aparentemente inaccesibles. Este mensaje es toda una lección de crecimiento espiritual loable, posible, necesario, si bien se hace palpable en estas páginas algo que sucede a menudo: la evolución nefasta que se apodera de los comportamientos reprimidos, acomplejados, frustrantes y los lleva a la maldad y el rencor. La necesidad de reconocimiento corroe la paz del alma y sin ésta solo puede haber destrucción en aras de supervivencia. 

    
El Orsini corcovado, el giboso, aseguraba al hablar de su padre y hermanos: “Lo más doloroso de todo lo que voy exponiendo como materia vergonzosa y vil, es que yo los hubiera querido, los hubiera adorado. Los necesitaba terriblemente. Pero me rechazaron, me humillaron. Y el resentimiento creció dentro de mí como una planta negra nutrida con hiel. Gerolamo Cardano apunta en las páginas de De Subtilitate, que los jorobados son los más viciosos de los hombres, porque el error de la naturaleza envuelve su corazón. No es cierto. A mí me atacaron y me defendí. Me odiaron y odié. Pero ansié delirantemente, hasta las lágrimas, que me amaran”. Creo justo destruir tales procesos interpersonales y por eso lucho. La sociedad lo pide a gritos.

   En cualquier caso esta obra magna canalizó mi inquietud compasiva hacia quien es diferente, ya sea por decisión propia o impuesta, pero a la vez cuestionó mis diferencias, revitalizando mi carácter y la proyección de mis actitudes. Barrió muchos de mis conceptos, apegos, rutinas. Por eso me apropié de ella desde el primer encuentro. 

   Bomarzo ha sido entonces mi libro de texto o el manual primario de la asignatura que aún sueño estudiar: psicología. Y cuando digo estudiarla me refiero desde el punto de vista pedagógico y formal. Porque a decir verdad tras habitar el laberinto psicológico que plantea este elocuente escritor argentino me convertí en un devorador de cuánto material didáctico, de autoayuda e incluso un tanto esotérico, llega a mis manos. Perdí la capacidad de observar a otros de forma pasiva, sino que sondeo su mundo interior revertido en gestos, inquietudes o en los más espontáneos criterios. Me atraen las actitudes humanas, su génesis y consecuencias, aunque siempre con la idea fija de colocarlas en provecho de su portador.

   Bomarzo es para mí esa voz distinta que se alza sobre los hombros de la intolerancia y la oposición para mostrarnos que la posibilidad real del logro vive en cada uno de nosotros y que nos corresponde defenderla a pesar de los obstáculos. Guardo las tres inscripciones que el inmortal duque de Bomarzo   mandaría a grabar en la terraza palaciega con vista al oriente. Sobre las palabras “SIC ERIS FELIX”, quedó impreso: “NOSCE TE IPSUM; VINCE TE IPSUM y VIVE TIBI IPSUM”(Así serás feliz: conócete a ti mismo; véncete a ti mismo; vive para ti mismo”).
 
En ello creo definitivamente, y de a poco en estos valiosos 20 años que ya han transcurrido desde aquel contacto inicial, he ido incorporando esta praxis a mi forma habitual de vida. De más está decir que a muchos la sugiero, asegurándoles que no es para nada egoísta,  pues debemos dominarnos a nosotros mismos antes de intentar conquistar el mundo; y para compartir primero hay que haber alcanzado la ración propia, la que nos pertenece.

Bomarzo no me marcó, Bomarzo me “vivió” como yo a él. Su eternidad absorbió lo efímero de una lectura, o dos, o tres…Por eso le guardo en un puesto privilegiado al costado de mí cama. Sé que cuando ese andamio de 939 páginas busque luz y justicia me llamará de nuevo. Yo, endeudado por tantos lúcidos aportes, intentaré ayudarle a pesar de no haber resuelto todas mis incoherencias y algunas otras un tanto ajenas. Más no me quejo, es obvio que “cada uno tiene su propio Bomarzo”. He ahí lo que nos hace sugestivamente diferentes.

(El presenta trabajo además de la mención del jurado central, mereció el premio de la Universidad de Oriente y el del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret-revista Viña Joven)

DEL AUTOR:
 
 MISAEL LAGEYRE MESA

Director de programas, escritor y realizador de sonidos de la emisora Radio Siboney, Santiago de Cuba.  Graduado del Instituto Superior de Arte en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisuales (FAMCA).  Este propio año se acreditó el Gran Premio del Festival Provincial de la Radio en Santiago de Cuba. 
OTROS TRABAJOS DEL AUTOR O SOBRE ÉL: 
Una mirada INDISCRETA a Ludwig van BEETHOVEN o el Allegro de MISAEL LAGEYRE. Gran premio del Festival de la Radio en Santiago de Cuba 

LINK de los TRABAJOS PREMIADOS Y NOTICIAS RELACIONADAS: 

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Premio Capítulo Internacional: A los niños que fuimos, somos y seremos de Yarimar Marrero Rodríguez.  PUERTO RICO 
SOBRE CORAZÓN. PREMIO de la Oficina del Centro de Intercambio y Referencia Iniciativas Comunitarias (CIERIC)
 
MENCIÓN ESPECIAL:  El Maestro y Margarita: UN OVNI dentro del panorama literario
 
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LEER CON EL CORAZÓN: IV Concurso Caridad Pineda In Memoriam
http://laislaylaespina.blogspot.com/2015/09/leer-con-el-corazon-iv-concurso-caridad.html

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