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jueves, 29 de diciembre de 2011

LAS FRASES MÁS INTENSAS para recibir el 2012




Esta hermosa imagen cedida por mi amigo TONY IGLESIAS y estas frases son mi manera de recibir este 2012 junto a los amigos, a los de siempre, ae los que el destino me ha deparado en fechas recientes, a los inolvidables que están lejos, a los que vendrán. Pienso en tantos nombres.

La Isla y la Espina les deja un abrazo y estas palabras. Creo en ellas.

(…) la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

JACK KEROUAC


El día más bello: hoy.

La cosa más fácil: equivocarse.

El obstáculo más grande: El miedo.

El error mayor: abandonarse.

La raíz de todos los males: El egoísmo.

La distracción más bella: El trabajo

La peor derrota: El desaliento.

Los mejores profesores: Los niños.

La primera necesidad: comunicarse.

Lo que más hace feliz: Ser útil a los demás.

El misterio más grande: La muerte.

El peor defecto: El mal humor.

La persona más peligrosa: La mentirosa.

El sentimiento más ruin: El rencor.

El regalo más bello: El perdón.

Lo más imprescindible: El hogar.

La ruta más rápida: El camino más correcto.

La sensación más grata: La paz interior.

El resguardo más eficaz: La sonrisa.

El mejor remedio: El optimismo.

La mayor satisfacción: El deber cumplido.

La fuerza más potente del mundo: La fe.´

Las personas más necesarias: Los padres.

Lo más bello de todo: El amor.


MADRE TERESA DE CALCUTA


Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

ABRAHAM LINCOLN


Que mi amor me salve: Cuando me pregunten, que él responda por mí

DULCE MARÍA LOYNAZ


¡Qué esfuerzo!

¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!

¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!

¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!

¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!...

FEDERICO GARCÍA LORCA


viernes, 3 de octubre de 2008

LETRA y VIDA: entrevistas y artículos sobre la CULTURA CUBANA y...


---SER PERIODISTA


















--MIS ENCUENTROS con COMPAY SEGUNDO
http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/11/mis-encuentros-con-compay-segundo.html

--POEMAS DE LA ISLA
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/01/poemas-de-la-isla.html

--LA VERDADERA historia de LA GUANTANAMERA
http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/la-guantanamera-en-la-tierra-del-diablo.html

--ELENA BURKE: El día que besé a una reina
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/03/elena-burke-el-da-que-bes-una-reina_02.html


martes, 18 de diciembre de 2007

Humor en TV: ¿RISAS o MUECAS?


Reinaldo Cedeño Pineda


Nada resiste el asalto de la risa, escribió Mark Twain. Y es que sus saetas, envueltas en la hilaridad, resultan un demoledor flechazo al blanco.

Siempre recuerdo que en el discurso de agradecimiento del Premio Cervantes, delante de los reyes de España, la cubana Dulce María Loynaz habló de la risa… muy en serio.

En un momento difícil de la guerra de independencia contra España, su padre (un oficial insurrecto) comentaba un pasaje del Quijote. Sobrevino la risa, bajó la tensión y esa claridad les permitió hallar el camino para salir de una emboscada, que se les venía encima.

Y es que la risa es un bálsamo, y por eso la respeto. La risa es un regalo que puede compartirse, y, por suerte, vivo en un país donde la gente suele reírse hasta de sus propios problemas.

Sin embargo, el humor va más allá: el humor es el arte de hacer reír.

El humor compartido para las mayorías –ese que se hace en la televisión y otros escenarios–, es sobre todo, responsabilidad, sin dejar de ser eso, humor.

Cuando no se hace esa reflexión y se sacrifica el análisis previo en pos de la risa fácil, se entrega un producto inacabado, absurdo y hasta ofensivo.

Presencié un día, un lamentable desaguisado en el teatro Heredia de Santiago de Cuba. Cierto grupo humorístico –de cuyo nombre no quiero acordarme–, tomó como materia de un chiste, la discusión entre dos niños que, en su manera infantil, discutían sobre cuál tenía más y cuál menos.

El caso es que, al final, cuando ya uno de los dos infantes parecía vencido, le dijo al otro: No importa, tú tienes cáncer y yo no…

Parece mentira, pero así sucedió. Los aplausos, hasta entonces estruendosos, podían contarse. Espero que ese grupo, haya sacado sus conclusiones.

Por suerte, estamos lejos de algunos shows de televisoras norteñas o latinas, donde la risa y el entretenimiento se buscan escarbando en la intimidad de las personas, o las parejas. Y la individualidad y la ética se pisotean.

¿De qué nos reímos?, ¿de qué vale la pena reírse? ¿qué es lo risible?

Eso hay que discernirlo muy bien.

Hace algunos años asistí a la peña de Carlos Ruiz de la Tejera en el Museo Napoleónico, en la Habana. Y allí, en medio de las carcajadas, dijo una verdad tan grande como un templo: Hay que reírse de las almas feas, no de las narices feas.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, ha tomado cuerpo lo contrario en algunos espacios.

En especial, Ulises Toirac (“Chivichana”) ha impuesto esa manera, desde Sabadazo hasta acá. Una forma que se arrastra en cada una de sus propuestas, sin que, al parecer, se haya sopesado con detenimiento.

Nadie osará cuestionar a estas alturas el talento de Toirac ni la aceptación de espacios como ¿Y tú de qué te ríes? o más recientemente ¿Jura decir la verdad?; pero… esa ridiculización hacia el físico de los extras escogidos, y aún peor, hacia el público, se ha convertido, lamentablemente, en una regla.

¿Cuán risible puede ser apuntar con la saeta burlona y el ridículo a una persona por el hecho de ser de baja estatura, o muy viejo, o muy delgado…o todo a la vez?

Los “guardias” seleccionados dentro del programa (que además nunca hablan), siempre tienen esas características, cual si fuesen los enanos de un circo.

No pongo en duda que esas personas o actores extras, hayan aceptado formar parte del “show”. Lo cuestionable no es la asunción personal, sino lo que se nos “vende”, lo que se nos presenta como algo plausible.

¿Dónde está la gracia de sentarse al lado de un espectador y tomarlo como materia risible por tener las orejas grandes o los dientes pronunciados?

¿Uno crece, se siente bien, se distiende riéndose de tales apariencias?

Una cosa es la inclusión, la participación activa del público; y otra muy diferente, el exceso.

Son lunares bien localizados, que valdría la pena extirpar.

El humor es fineza, no cuchillo.

El humor ha de tener una ética bien definida.

Este mundo no es de bellos, blancos, altos, perfectos, atléticos, jóvenes, derechos, heterosexuales y primer mundistas. Los hay feos y regulares, negros y de todos los matices, ancianos y medio tiempos, gordos y bajos, homosexuales y bisexuales, izquierdos y tercer mundistas.

No hallo asideros para la risa basada en las características físicas de una persona. Un humor así ha degenerado, está enfermo.

Látigo con cascabeles

Recuerdo cierta vez, en que Enrique Arredondo salió “a cumplir unas vacaciones” por decir, en el muy recordado programa Detrás de la fachada, que iba a castigar a alguien poniéndole películas rusas.

El gran “Bernabé” no hacía otra cosa que reflejar el rechazo de los cubanos a la sobresaturación de propuestas fílmicas ex soviéticas, cuyo tempo y escenarios, se encontraban con frecuencia, en las antípodas de la idiosincracia nacional.

Lo habrán castigado; pero en el fondo, le aplaudimos: había dicho lo que muchos querían decir. Y puso el dedo en la llaga.

Y es que el humor ha de ser atrevido y señalar los absurdos de una sociedad, al modo que dijo Martí: “como un látigo con cascabeles en la punta”.

Por suerte, hay varios espacios humorísticos ahora mismo en la pantalla cubana:

Punto G, por ejemplo, es una propuesta que fue cayendo en picada, con un guión desigual y, a veces, forzado, repetitivo. Se agotó y se fue estirando sin razón… aunque ya le han sonado el campanazo.

Es una muestra de que no valen los buenos actores para salvar un programa.

Deja que yo te cuente, con Nelson Gudín (“Flor de anís”), ha marcado un franco camino de ascenso, y es hoy por hoy, el mejor espacio humorístico de nuestra pantalla chica.

Tomando como base la sátira social, Deja que yo te cuente, destaca por la solidez de su guión (Gudín y Moreno) y por las caracterizaciones logradas.

Ha dejado atrás el reiterado chiste de si el caracol que se entregaba era simulación o un regalo en verdad, y las entrevistas iniciales a los humoristas, a medio camino entre la reflexión y el chiste, tomando en cuenta que el entrevistador no era el actor Nelson Gudín (como se precisaba), sino su personaje “Flor de Anís”.

Es un programa que ha sabido escuchar.

En especial sobresale Miguel Moreno, ex integrante del grupo guantanamero Komotú (que tantas veces aplaudí) en su papel del “inspector La llave”, natural y chispeante.

Por su parte, Carlos Gonzalvo como el profesor “Mentepollo” ha sabido usar ese tremendo latiguillo del humor para referirse a problemas actuales de nuestro entorno, con un ingenuo y una agudeza de altos quilates.

El sketch dedicado a la renuencia de algunos comentaristas en la televisión cubana a admitir –con toda la contundencia habitual–, el triunfo de Santiago de Cuba sobre Industriales en la pelota cubana… es para la antología.

Osvaldo Domeadiós, por su parte, sigue dando clases en la cuerda sólida que le acompaña desde hace muchos años. Y hay algunas revelaciones que valdrá la pena seguir.

El más joven programa: Los amigos de Pepito, era una necesidad. Un pueblo como el cubano, con un vis cómica indiscutible, andaba necesitaba de verse a sí mismo en la pantalla doméstica.

Es un espacio de participación, más abierto, fresco… necesitado todavía de ciertos pulimentos; pero muy agradecido. Y estoy seguro que de allí, saldrán nuevos humoristas.

Nada resiste el asalto de la risa… de la risa, no de las muecas.

lunes, 3 de diciembre de 2007

DONDE LOS CORAZONES SON MÁS ABIERTOS: Dulce María Loynaz en Santiago de Cuba



Reinaldo Cedeño Pineda

Al tacto, contenido el aliento para no salir de la pequeña página, en su sillón secular… los trazos de una mano anciana. En el corazón del Vedado capitalino, Dulce María Loynaz le escribe a un santiaguero:



A Reinaldo Cedeño que viene de la tierra donde las palmas son más altas y los corazones más abiertos.



Era el 19 de septiembre de 1994.

Aunque alguien lo ha dicho –y tal vez no le falte razón– que una dedicatoria resulta la frase más difícil del mundo, soy testigo de que a la Premio Cervantes pareció brotarle instantáneamente.

A un carácter como el suyo, ajeno a la lisonja vana, nada le obligaba a semejante declaración. Hubiera sido presuntuoso considerarla la cortesía hacia un desconocido.

De Martí bebió seguramente su frase lapidaria sobre las palmas más altas, pero… ¿dónde hallar la génesis de los “corazones más abiertos”?

Tendría que viajar casi mil kilómetros y media centuria atrás….

1942


Dulce María era entonces viajera detenida para nombrar las cosas, aunque también el mundo solía ir a su encuentro, o al de su familia, como lo harían Lorca y Juan Ramón Jiménez. Ya había visitado Estados Unidos; ya había escrito en Luxor, tras el asombro y las arenas su "Carta de Amor a Tut-Ank-Amen".

Incluso, Santiago de Cuba había tocado su puerta en la persona de Lourdes Bertrand y su exquisita reseña “Cartas a Marisabel”, publicada en el periódico de circulación oriental Diario de Cuba del 25 de mayo de 1938. Mucha congruencia habrá en tan temprana fecha con un ambiente y una energía que acompañaron a la poetisa hasta el final:



Supongamos por unos minutos que has estado conmigo en casa de la señora de Quesada, como es conocida socialmente Mercedes Loynaz, nombre verdadero, jurídico de la poetisa Dulce María Loynaz […]

Hemos llegado a la casa a través de una alameda de bambúes […] Se expande en los contornos un sustancioso olor a aroma vegetal […] En el umbral de un salón dorado y verde, la voz íntima de la poetisa.


_Bienvenidos en nombre de la Poesía.

Detesta la publicidad y conseguir de ella una composición inédita es como ganarle una pulgada al mar […] pero conmigo fue gentilísima en dedicarme algunos ejemplares autografiados y darme otra para el DIARIO…

Todo allí, jardín, animales y cosas parecen raramente influenciados por la sensación de recogimiento, sigilo, trasluz y de sutileza que emana de ella; pero bajo esa piel suya pálida como ninguna, seda de un matiz impar […] bajo esa piel de feminismo lánguido se advierte el claustro de las más íntimas pasiones.

[…] Y allí, bajo la lluvia de las enredaderas rabiosamente pálida junto a la verja, la dejamos con una cadena entra las manos.
[1]




Esas impresiones son tomadas desde la distancia, cuando Dulce apenas comenzaba, aunque vengan ya envueltas en un halo de inmaterialidad, de misterio.

En su isla, acariciaba las piedras de Trinidad, la que “está en el limbo […] con un miedo oscuro, inconfesable de que […] se desvanezca, de que se dispone sus casas en niebla y sus calles en humo”.[2] A Bayamo, le encontró razones en medio de un aguacero para llamarle “ciudad de sombras y de agua”.[3]

Desde ese último lugar, llegaron a Santiago de Cuba, Dulce María y su pequeña comitiva, para despertar del silencio en una ciudad sonora por excelencia.

Por supuesto, Carlos Manuel –en la lucidez de su esquizofrenia– iría la volante que era su cetro, y las distancias constituían una cuestión de honor, un reto a vencer, cuanto más rápido mejor.

“La máquina bajo su dominio parecía un ser vivo, un grande y dócil animal amaestrado […] Fue así como nos conocimos la Isla palmo a palmo, pues estas excursiones ni siquiera parecían fatigarle”.[4]

Estaban muy lejos entonces, aquellos años de amurallamiento y olvido, en los que sólo el cariño de Pinar del Río sabría devolverles la patria…

Ahora es apenas, 1942.

Su amiga Angélica Busquet, toda una belleza de la época, “la de voz perfecta para bordar versos”[5], será depositaria de sus confesiones en una carta. El sol le sale al camino. La primera vista parece esquiva: “[…] aquí estoy en Santiago de Cuba. Hace calor y polvo, el mar se esconde”.[6]

Repuesta de la canícula, habrá cubierto su cabeza meticulosamente, con devoción, cuando parte rumbo a El Cobre, hasta el santuario de la Virgen de la Caridad. Ante ella se hinca. Se estremece.

Un sobrecogimiento de tal magnitud no pasa inadvertido; pero no se nubla una sinceridad a toda costa como la que ella practicaba. Al contrario, la cubanía se le desborda, con la agudeza de los escogidos. Allí está la huella de sus múltiples viajes y de sus ojos cansados de otras arquitecturas.

No ha lugar la irreverencia. La poeta, la patriota y la devora, se unen en un solo haz:



Han hecho una iglesia maciza y fría en todo semejante a los santuarios que abundan en Europa. Yo la hubiera hecho de la misma piedra de la montaña, le hubiera arrancado al monte las lajas verdosas estriadas de plata y la iglesia hubiera brillado al sol. Como una joya. En vez de la decoración de pámpanos y espigas, hubiera puesto en el altar, piñas labradas en el mármol y frutas tropicales. [7]



El cementerio Santa Ifigenia aparece como otro sitio imprescindible en la estancia santiaguera de la Loynaz. Ante los restos del Apóstol, llega solemne, con el tributo de su silencio. La mirada queda en la bandera, luego va a la piedra.

No existía aún el actual mausoleo –inaugurado en 1951–, sino apenas “un recuadro de mampostería rematado por una cubierta inclinada […] un pequeño templete de filiación clásica, con pilastras adosadas en sus esquinas […] Su frente lucía un frontón decorado con una estrella de cinco puntas en alto relieve.”[8]

Además pudo ver el pequeño busto martiano, obra del artista italiano Ugo Luisi. Lo primero pertenecía al 1907, mientras la escultura fue colocada en 1913…

El tiempo había hecho lo suyo.

A este lugar se asoma Dulce María, para dejar el testimonio de su clarividencia:



Hoy fui a la tumba de Martí. Tenía su ramo de flores y su bandera. Tenía también cuatro rosales de rosas blancas que crecen bien y se cubren de flores. Realmente no hace falta más nada. Allí por lo menos.

Te digo esto porque he oído criticar con ira esta tumba por pobre y desteñida. Son indudables las dos cosas, pero no sé por qué, me parece que a él le hubiera gustado.

Ya sé que nos toca a nosotros honrar a Martí, pero hay tantas maneras de hacerlo… Sólo que tal vez la más fácil sea poner en el presupuesto un masacote de mármol.
[9]


Si algo hubiese que agregar, apúntese que, Dulce, cubana de ley, hija de un general de la independencia que ha conocido a Martí en la guerra y en la ternura, no podrá dejar de entrever el estado de relegación en que la obra del Maestro ha caído.

Era la época del Martí deificado e inasible, mientras su pensamiento era acuchillado. Sólo los intelectuales de vanguardia intentaban rescatarle, estoicamente.

Una flor en el pelo

A la historia y el misticismo, Dulce María une una satisfacción más íntima, menos insondable, y seguramente menos explícita. También escribirá a su amiga Angélica desde Santiago de Cuba:

“Creo que estaré aquí unos días más, no sé cuantos; quisiera que fueran muchos. Me vestiría de muselina blanca y me pondría una flor en el pelo, pero tal vez ya no tenga tiempo […] Que cosa tan terrible. El Tiempo siempre, ya ves, el Enemigo.”[10]

He desandado muchas páginas de la prensa santiaguera de 1942. Fue un año pródigo en informaciones sobre la Segunda Guerra Mundial y la visita del mejor pianista del mundo entonces, Arthur Rubinstein; pero ni un letra sobre la Loynaz.

Tampoco hay rastros en archivos que he visto por obra de milagro, y otras fuentes posibles, parecen haber desaparecido para siempre.

Extraño es. No era Dulce todavía la afamada escritora del Premio Cervantes, mas ya había publicado su primer poemario: Versos; aparecía junto a aquella casta de seres singularísimos que eran sus hermanos en La poesía cubana en 1936, antología de Juan Ramón Jiménez.

Por si fuera poco, era la hija de quien era, Enrique Loynaz del Castillo, el autor del Himno Invasor. Era una mujer ya casada, con su primo Enrique de Quesada Loynaz, de quien se elogiaba su broncínea belleza.

Fue su esposo, el San Miguel Arcángel de los versos de Dulce, pero también su Otelo. La escritora sentía sus impulsos coartados, sus alas estrechas “mientras ordenaba las vituallas en la despensa […] o repasaba los calcetines de mi esposo.”[11]

Aquel matrimonio se desatará en 1943, al año siguiente del recorrido por el oriente cubano.

Las pistas de aquella visita han de comprenderse en el pacto de los Loynaz con el silencio. En todo caso, los cronistas sociales, tan conspicuos entonces, se perdieron su agosto.

Tal vez a estas alturas, lo medular no esté en hallar las cuentas de la historia una a una; sino en encontrar el hilo resistente que las sostiene.

Lo más importante es su propio juicio, de puño y letra, dedicada a una amiga, en ese ambiente tan diferente del destino público, donde la conveniencia o el comedimiento suele sopesar cada línea.

Una interrogante queda en el aire, más de una:

¿Cuándo se transmutó el Santiago de calor y polvo, en el deseo expresado de quedarse por muchos días?

¿Qué fineza, qué sacudimiento se le apareció a Dulce María Loynaz que le hace despojarse de su naturaleza severa, ríspida… y mostrarse casi la borde de la euforia?

¿Cómo aquilatar aquella vehemencia de muselina y flor al pelo, cuando la autora ya frisaba los cuarenta años?

¿Sería apenas la metáfora emocionada hacia un lugar caro en el sentimiento; aunque lejano en la geografía?

Santiago de Cuba dejó en Dulce María Loynaz una huella sensible y no serían suficientes para borrarla, la media centuria de una visita, ni el estrecho círculo de los nonagenarios en que ya vivía.

El 19 de septiembre de 1994, en la austeridad de su hogar, aún le alcanzaban las manos para la ternura.

En el libro que le extendía un santiaguero, dejaba un mensaje de amor para este pedazo de la isla, para Santiago de Cuba: la tierra donde las palmas son más altas y los corazones más abiertos.

Notas


[1] Lourdes Bertrand: “Cartas a Marisabel” en Diario de Cuba, Santiago de Cuba, 25 de mayo de 1938, p.2
[2] Dulce María Loynaz: Cartas que no se extraviaron, Valladolid´-Pinar del Río, Fundación Jorge Guillén-Fundación Hermanos Loynaz, 1997, p.65. Trinidad, fue la tercera villa fundada en Cuba bajo el gobierno español, en 1514. La ciudad conserva, casi intactas, plazas antiguas, calles empedradas, casonas de alto puntal y enormes puertas, techumbre de tejas de barro…. con estilos arquitectónicos provenientes de la España colonial, sobre todo, Andalucía y Canarias. Se ubica en la provincia central cubana de Sancti Spiritus.
[3] Ibid., p.79.
[4] Dulce María Loynaz: Fe de vida. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, p. 185.
[5] Ibid,.p.187.
[6] Dulce María Loynaz. Cartas que no se extraviaron, p. 78
[7] Ibid.
[8] Omar López y Aida Morales: Piedras imperecederas, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1999, p.78.
[9] Dulce María Loynaz. Cartas que…, p.78.
[10] Ibid
[11] Dulce María Loynaz: Fe de vida, p.190.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Todo se derrrumba, pero yo tengo tus ojos...

CXXI
…………………………..
El mundo está muy triste.
Las gentes se dicen palabras duras.
Pronto lo tierra no querrá dar más flores ¿Para qué? Nadie piensa en las flores. Las flores se compran de pasada, pero piensan más en la tierra que en las flores.
Los malos asaltan todas las cumbres: la justicia es una muñequita en una escribanía de plata…
Las catedrales góticas se desmoronan poco a poco: lo más alto del mundo es el Empire Building. Todo se pierde, se derrumba, se acaba…
¡Pero yo tengo tus ojos claros!

Dulce María Loynaz

(De "Melancolías de Otoño")
Nota: El título de la obra en el blog, ha sido creado sólo para la ocasión

miércoles, 3 de octubre de 2007

SECRETOS DEVELADOS


De izquierda a derecha:
Dulce María Loynaz junto
a Gabriela Mistral y
José María Chacón y Calvo.

Reinaldo Cedeño Pineda

“Era un Chimborazo… cubierto de nieve”… Imagen tan rotunda reservó la cubana Dulce María Loynaz (Premio Cervantes, 1992) a Gabriela Mistral cuando la poetisa chilena se alojó en su casa, en el mismo corazón de La Habana.

La Isla festejaba en 1953, el centenario del natalicio de José Martí y la autora de los versos ríspidos de Tala y Desolación, aceptó la invitación de la Loynaz para hospedarse en su mansión del Vedado.

“En ella vivió sus días de Cuba que no recuerdo cuántos fueron, pero sí que pasaron de una luna”, escribiría años después.

Aunque la fotografía de ambas junto a la fuente ha recorrido medio mundo, aquella relación, aquellos días no resultarían fáciles…

Al lado de la fuente

“Hablar de Gabriela Mistral es (…) una aventura (…) pues no es posible disponerse a hacerlo, sin correr los riesgos del que escala una montaña o se adentra en una selva virgen o intenta vadear el Amazonas”, escribió la Loynaz.

Lucila Godoy que había recompuesto su nombre por el de Gabriela, atravesaba ya el sexenio, era entonces la única Premio Nobel de América Latina (1945) –le sucederá su alumno, Pablo Neruda- y en consecuencia, una “tupida nube de admiradores” le seguía a todas partes.

Dulce María prefirió aguardar antes que fundirse a esa cohorte, que no era ninguna chiquilla, sino una dama con sus cincuenta años bien cumplidos.

No era ninguna desconocida en materia literaria, aunque entonces era España -y no Cuba- quien le había brindado la cobija editora. Había publicado Canto a la mujer estéril, Carta de Amor a Tuk-Ank-Amen, Poemas sin nombre y su novela lírica Jardín; si bien tardarían muchas décadas hasta la consagración definitiva del Premio Cervantes, 1992.

La visita pronto se convirtió en un mito. Y creció al morir Gabriela, el 1 de enero de 1957.

¿Quién mejor entonces para hacer el panegírico tras la muerte de la Mistral?

Las señoras del aristocrático Lyceum Law Tennis Club de La Habana, vencieron las dudas de Dulce María y fueron las primeras en escucharla:

“En casa Gabriela escogió pronto su rincón favorito. En el jardín junto a la fuente solía pasar largas horas, al menos todas las que dejaba libres el tumulto de sus admiradores.

“Allí sorbía lentamente taza de té tras taza de té, y en tal número que nunca me fue dado contarlas. Era lo único que probaba con gusto porque apenas probaba bocado y puedo decir que resultaba insensible para los platos más exquisitos que en vano le hacíamos preparar”.

“En mi jardín el hilo de agua de la fuente corre todavía, pero ya la voz de Gabriela se apagó para siempre”.

¿Había como una pudorosa discreción en aquella distancia entre casera e invitada; o, acaso esta sobrevolaba naturalmente como un reto, como un puente a vencer?

En todo caso, el sutil hilo de la poesía acabó uniéndolas, como hilo de agua:

“Aquel rincón junto a la fuente escogido entre todos, se lo respetaba siempre, y no iba a su encuentro, al menos que ella misma me llamase.

“Entonces nos sentábamos juntas y conversábamos o por mejor decir, conversaba ella, tomaba el hilo de la conversación que devenía pronto en monólogo, porque mi amiga era más conversadora que yo, y tenía también más cosas que decir”.

Y cuando la más joven, confesaba que el verso no descendía hasta ella con sus alas esquivas; la mayor tenía ya la respuesta:

“-Pues subir a buscarlo, mi chiquita…”

Recuérdese que estas palabras andan escritas en 1957.

El que ahora escribe, sólo llegó a la casona de 19 y E de La Habana muchos años después, en 1994, en medio de la ruina.

Y de aquella de Gabriela y de Dulce, sólo quedaba una fuente resquebrajada y seca. Sólo al buscar con el alma, con mucho esfuerzo, las pude imaginar.


Ahora, la casa vive la animación constante del Centro Cultural Dulce María Loynaz. Con la reparación salvadora y la pintura nueva, se ha detenido la destrucción, se han barrido las agujas de pino que antaño formaron una alfombra; pero paréceme que también se han ido los últimos fantasmas.

El salitre y la dama

Ya decía que la Loynaz albergó en su casa a la Premio Nobel. Verdad que otros famosos habían llegado antes (Lorca y Juan Ramón Jiménez, incluidos); pero la estancia de la Mistral fue un relámpago.

Tal vez, pocos sepan que el primer lugar de encuentro había ocurrido ya, en la geografía europea:

“ (…) hacía yo el viaje de Niza a Portofino sólo por el privilegio de estrechar su mano (…) Me la había imaginado morena, curtida por el viento de la cordillera y en fin medio india como ella se complacía en repetir, y estoy por decir que aquel colorido propio del pincel de Reynolds casi me decepcionó. (…)


“¡Qué hermosa fue la cena a la orilla del mar, en compañía de Gabriela niña, Gabriela humanizada, alborozada, dulcísima!”


Pero, esta que llegaba a La Habana acompañada de todos sus honores, era la Gabriela de siempre que “como todos los genios, tenía sus imperfecciones (…) impertinencias auténticas”.


¿Qué pruebas tenía Dulce para hablar así? ¿Cuándo hace semejante confesión?


Sólo pueden saberse hoy los detalles por la insistencia del periodista Aldo Martínez Malo, quien le arranca para la posteridad esa confesión, en una carta firmada por Dulce María el 1 de agosto de 1976. No era un escrito dedicado a la imprenta, sino la evocación íntima. Y uno se da cuenta de que las pruebas sobraban:


“(…) fuimos a la librería. Gabriela quería comprar libros, pero su joven secretaria (…) me advirtió que la Poetisa se negaba desde hacía muchos años a tocar dinero alguno.


“Era por tanto yo la que tendría que entenderme con los pagos y a ese efecto puso en mis manos un billete de cien pesos. Acepté pues mi papel de pagadora (…) Gabriela gastó aquello y mucho más, sin preguntar lo que gastaba (…)”.


Y otra:


“Recuerdo que Federico de Onís, hospedado en mi casa cuando la estábamos esperando, se echó a reír un día que le mostré la bella sobrecama de encaje legítimo, con que pensaba revestir la cama de la poetisa:


“Lo primero que hará al llegar será echarse sobre ella con los zapatos enfangados del viaje”.


“Yo me reí también pensando que el honor de hospedar a Gabriela Mistral, bien merecía el sacrificio de una y cuarenta sobrecamas”.


El Chimborazo no se sometía a disciplina alguna, y la dama habanera, en cambio, andaba atada a no sé cuantas convenciones “de las cuales no osaría jamás emanciparme”, confesaría.


Despedida y reencuentro


Gabriela correspondería a su granjeada fama.


Dulce era la anfitriona que le había propiciado un almuerzo de etiqueta con “prominentes personajes del cuerpo diplomático y de la intelectualidad cubana”. Y no sin gran temor, vio partir a su ilustre invitada justo ese día “con una gran necesidad de ver el mar”.


Vanos fueran los recados, vanos los llamados por teléfono, y sólo se apareció cuando todo anduvo despejado.
Puesto a prueba su orgullo, la cubana perdió los estribos ante la mismísima Nobel:


"Yo hubiera podido soportar muchas genialidades de este estilo, pero que nos pusiera en ridículo a mi marido y a mí, era algo ya que se pasaba de la raya.


“(…) cuando Gabriela llegó esa noche, halló una nota en su cuarto donde le decía que puesto que en mi casa no parecía sentirse a gusto (…) era preferible que yo sacrificase el mío de tenerla allí. Y al día siguiente, ella se trasladó a un hotel”.


Sin embargo, veintitrés años después, todo había sido sopesado:


“(…) he meditado mucho en su conducta y en la mía, sobre todo en la mía (…) Procedí, no lo niego en un momento de violencia, provocado por ella, pero violencia al fin, y en eso momentos no se suele ser justo”.


Compréndase al fin, cuanto embarazo tendría Dulce María al impartir la conferencia Lucila y Gabriela en el Lyceum; pero ello resultó a la postre, ajuste de cuentas a la memoria, un abrazo de amigas al lado de la fuente.


Las lágrimas asomaron a sus ojos en aquel juego de espejos, juego de agua entre Lucila y Gabriela, la mujer y la poetisa:


“Ahora Gabriela, aunque ya no estemos en el jardín de casa, necesito decirte algo: no creas que voy a referirme a nuestro último malentendido que me doliera tanto como a ti. Eso no cuenta ahora y además lo tengo olvidado, tú lo sabes.


“Lo que quiero decirte, amiga mía, es que hubo una cosa muy importante en la cual te equivocaste.


“Te equivocaste y acertó Lucila que no tenía tu sabiduría y solo era dulce y sencilla como la miel agreste.


“A reina pues, llegaste, como en los juegos de tu infancia: faisanes de oro y árboles de leche te contemplan ahora, alta más que las cien montañas de tu valle”.


Aquellas palabras de Dulce María se utilizaron además en el Prólogo a la Poesía Completa de Gabriela Mistral publicada en España dentro de la colección Premio Nobel.


Gabriela había escrito de Dulce María Loynaz, de su poesía: “Son palabras-pintura y escultura que la dan a usted viva, vivísima”.


Y de Jardín, su novela lírica: “es el mejor repaso del idioma”.


El tiempo, había trocado en río, la nieve del Chimborazo.


FUENTES:


Dulce María Loynaz: Cartas que no se extraviaron, Fundación Jorge Guillén-Centro Hermanos Loynaz, Pinar del Río-Valladolid, 1997.


Dulce María Loynaz: Conferencia “Lucila y Gabriela” (1957) en Canto a La mujer, compilación de textos, Tomo II, Ediciones Hermanos Loynaz, 1993.


Entrevista del autor con Dulce María Loynaz, en 1994.

lunes, 1 de octubre de 2007

FLOR LOYNAZ: LA POETA CON NOMBRE DE GENERAL

REINALDO CEDEÑO PINEDA

-¡General, soy tu hija, no tu esclava!

Las paredes hicieron silencio. Aquella niña no pasaba de los cinco años, pero no había temblor en sus labios al dirigirse a su padre, Enrique Loynaz del Castillo, veterano de la guerra de independencia cubana y autor del Himno Invasor.

Ante él, muchos adultos procuraban bajar la voz. Decían que era respeto, pero tanta vida le sostenía detrás, que algo de miedo había a mirarle a los ojos fijamente.

Flor, no era de las que bajaba los ojos, ni la voz.

Su hermana, Dulce María (Premio Cervantes, 1992) afirma que "no se pudo seguir con ella la antigua costumbre de ponerle una niñera o manejadora. No soportó a ninguna, las arañaba, las mordía hasta que se iban".

Le dirían Beba, porque aquello de bebita, la más pequeña; pero Flor era todo un bosque en gestación. No pareció bastar un general, y hubo dos, porque su nombre remedó a otro: el gallardo Flor Crombet.

Nacía una niña con nombre de general.

Reconcentró en sí el olor a sándalo de su madre Doña Mercedes, el fuego de su padre y el don especial de los Loynaz. Pero, fatigado tal vez el destino de prodigar tanto talento entre aquella familia, le exigió su precio: el del amor difícil, mellado siempre; y el de la soledad.

Flor ripostó con una rebeldía absoluta. Su vocación apuntaba a la medicina, pero su madre -distinguida en el trato social e igual de firme en el carácter- le hizo desistir; que sus hijas no serían esclavas de nada, ni siquiera de aquella noble profesión. Flor no osó contradecirla, mas no renunció del todo y se las arregló a escondidas para ayudar en la disección de cadáveres, eso dicen, y nada le viene mejor a su ardor.

Poco diremos apuntando que nació en La Habana en 1908, porque su energía pertenece decididamente a este siglo; nos parece que la encontraremos por esos caminos.

Tomó parte en las luchas políticas contra el Dictador Gerardo Machado (“el asno con garras” bautizado por Villena). Perteneció incluso al Directorio Estudiantil, pero la desilusión le rompe el alma. Empezará a mirar la política como un fondo, donde vivir la novela de su vida.

.Se desquitó a su manera de los años de educación finísima y paciente, de las capillas del jardín, de las orquestas familiares, de aquellos juegos de improvisación que no acababan nunca.

Parecía coleccionar suspensos, para tortura de aquellos profesores que llegaban unos tras otros a su casa. Al principio, el mundo venía a ellos. Quizá siempre consideró, allá en el fondo, que sólo uno está capacitado para juzgar, y ese era Dios.

Se colgaba joyas y diademas para irse al lecho, y al otro día -para el escándalo filial y del platero-, aparecían las cuentas aquí y allá, con su huella inequívoca.

No cabía dentro de los muros, ni aún cuando su madre decidió dar un espacio a cada uno. Ella quería atrapar el sol, pero tenía que mirar sus rayos traspasando los vitrales… por ahora.

La noche pasó callada
¿a dónde fue la canción?
Tras la ventana ojival
hay un ligero temblor…
Los cristales están fríos
aunque ya calienta el sol
y tras ellos una dama
- o una sombra- ¡sabe Dios!
pues el vitral de colores
no deja ver lo interior.

(“Drama medieval relatado en de diez versos
de ocho sílabas”, Flor Loynaz)

Su matrimonio con el arquitecto inglés Felipe Gardyn, se nos presenta como una inconsecuencia, el sometimiento ¡al fin! a una convención… si no supiésemos que ella no conocía conchas ni ataduras, más que la que se hubiera echado por cuenta propia. Dulce es categórica, respecto a esa unión: “lo dominaba como un juguete en la mano".

Si nos atenemos a sus versos, su amor, como los papalotes, se habría ido a Bolina, la "remota e inexpugnable Bolina".

En las afueras de La Habana se hizo su atalaya. De su puño y mente, diseñó la Santa Bárbara, su mansión en La Coronela. Buscó la amplitud, la altura, el aire…que mucho le había faltado; si bien tocó a Felipe levantarla de la imaginación y de los cimientos. Actualmente, el lugar es sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

Cuando a golpe de cincel y martillo, el prejuicio quiso borrar el nombre de la Hacienda, el mismísimo García Márquez (entonces presidente de la Fundación), impidió el ultraje. ¡Ese nombre se lo puso su dueña y lo tendrá ese nombre mientras yo viva!

Flor no escatimaba cariño, lo dispensó a las cosas más increíbles.

Al acondicionar la casona para el nuevo uso, hallaron empotrado uno de sus autos. La sorpresa dejó atónitos a quienes la conocían sólo de oídas…y la leyenda de la hermana más pequeña de los Loynaz no hizo más que crecer. Seguramente la punta de la hebra había que rastrearla en las frases que hablaban del "corazón de acero" y los hierros “con olor a mar”.

Vistos estos pasajes de su vida, casi es redundante señalar que su retrato es una tarea titánica. Inexactas o esquivas, desfiguradas o hiperbólicas, hasta grotescas… se presentan algunos intentos de tomarla como inspiración; a ella o a su familia toda.

Se afirma que lo hizo Alejo Carpentier en su novela El siglo de las luces, que algo de Flor hay en Sofía; mas las licencias de la creación están por doquier, y acaso no habrá que pedirle la fidelidad que jamás se propuso.

El cuadro fantasmagórico del filme Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, es pura hipérbole. Y así, uno y otro, dejan la sed de reencarnarla un día en el celuloide, con supremo cuidado, para no profanarla.

El rastro de su voz sólo queda en la memoria de los más cercanos, y acaso sobrarán los dedos de la mano para contarlos. Escasas y extrañas han sido sus imágenes públicas conocidas. Siempre huyó del lente, celosa de su absoluta libertad.

Flor no era Flor, en aquella fotografía que la muestra tan joven, el largo traje y el rostro adusto frente al tocador. No lo era en esa otra imagen infantil, faz contra faz y cabello infinito, con un pie que se refiere a ella y a la hermana, como dos niñas feas.

No podemos tocarla en la imagen exhibida en el volumen Como estrella escondida (publicación póstuma de los poemas que lograron salvarle), con la naturaleza a las espaldas, y las facciones núbiles. No podemos alcanzarla cuando aparece recostada a una silla, falta de aliento, más bien depositada allí, cual reina ausente en un decorado.

Sólo es posible saludarla a lo lejos, adivinarle la silueta, cuando asciende la larga escalera de su Santa Bárbara, detenida un instante; como una concesión especialísima, a través del tiempo. No podremos verla, descolorida ya, fumándose la vida.

Tendremos que asomarnos al borde mismo de la metáfora; y tal vez con muchísima suerte logremos adivinarle una vida que no le cabía en el cuerpo.

Sabía mirar en los animales los ojos de Dios. Sus perros Trenino y Teodolfo, han entrado en la inmortalidad de manos de su dolor. Arrancó al cocinero dos conejos listos para convertirse en fricasé, y salió despavorida.

En una ocasión, compró todas las aves de un establecimiento para liberarlas… ante los ojos incrédulos del carnicero. ¿Fumigar? ¡Ni loca!, aunque le tuviera pavor a las cucarachas.

Dedicó todo un soneto a los seres minúsculos que deshacían su biblioteca:

Libros maravillosos y deshechos
Donde la traza y la polilla un día
Con hambre semejante al hambre mía
Aquí encontraron alimento y lecho

Viviendo estamos bajo el mismo techo
¡y bien conoce Dios cuánto querría
aplastaros a todas a porfía
si al corazón no repugnara el hecho!

Mas pienso en vuestras vidas pequeñitas
...................................................................
Es por eso que inclino la cabeza
Y se cruza de brazos mi tristeza

(“En mi biblioteca”, Flor Loynaz)

La madre tuvo que crear un asilo para perros: el Bando de Piedad, porque Flor llevaba a casa a cuanto se encontraba en el camino, sin importar cuantos tuviera ya. Y lo siguió haciendo hasta el final de sus días.

Tal vez, valga imaginarla en ese instante de concentración suprema, cuando la mente henchida va deprisa y tórnase baldío el esfuerzo por retener las letras sobre el papel; el segundo del rayo luminoso, donde se filtran los dolores, los desamores y el sueño; y empieza a destilar el verso palabra a palabra, con su milagrosa capacidad para ennoblecer las desgarraduras.

Cuando conocí a Dulce María Loynaz en su casa de 19 y E en el Vedado -justamente donde Flor pasó sus últimos días-, hubiera sido imperdonable no asistirme de su autoridad para que valorase la calidad estética de la obra de su hermana. Sabía que la pondría en una situación comprometedora; pero, la Premio Cervantes demostraría una vez más su agudeza:

"Yo pienso que ella ocuparía con justicia uno de los primeros lugares en la poesía cubana y más allá, no únicamente contemporánea, podíamos remontarnos más lejos; pero la opinión mía no la tendría en cuenta nadie, no sólo porque soy su hermana, y porque estoy muy unida a ella por lazos de sangre, sino además por lazos espirituales profundos que suelen valer más que los primeros".

Sin embargo su vida, con mucho, excede a la poesía. Le surgía tan fácil, que parecía tenerla a menos. Depositó su inspiración en las cosas humildes –un perro callejero, una hoja de papel- lo que cabía más a su religiosidad.

Se negó sistemáticamente a publicar nada, ni aún pidiéndoselo poetas de la talla de Juan Ramón Jiménez. No serían los hilos de la poesía -tan indefinibles- quienes la sujetaran.

Los más cercanos afirman que nunca tomó en sus manos un libro de Preceptiva, que no le iban barrotes a sus alas. El verso le asaltaba como un rasguño en la piedra, y lo estampaba en cualquier recado, en el papel más próximo, suelto, irrecuperable.

Pido licencia para acompañarle a la tertulia consoladora de Pinar del Río, con su batón verde fuera de tiempo. La tertulia de los nuevos amigos, cuando los viejos habían desaparecido: por muerte, o por descuido, o por conveniencia.

Permiso para mirarle los ojos llenos de aquellas arenas de Egipto, frente a las pirámides; hasta para entrar a su intimidad, levantar el dosel y ver dormida ante nosotros a Flor, una mujer que parece no haber dormido nunca.

Su pasión no conoció medianías. La libertad era su naturaleza, en una práctica siempre rara: la fidelidad a sí misma.

Afincada en la belleza interior -que la visible ya era vasta- no le importó cortarse el pelo al rape o fumar tabaco. Cuando las fuerzas se le salían por los poros, se iba a los bares a tomar ron; pero... ¡Ay de aquel que se atreviera a una obscenidad delante de ella!

Al propio Lorca, en sus días habaneros, lo arrastró con ella. Y de manos del granadino recibió una estampa de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba:

- De una virgen cubana para otra virgen cubana, le dijo.

Un día, Flor debió asumir un reto intempestivo lanzado por uno de los acompañantes de su comitiva. El personaje apostó: debía improvisar un soneto… ¡nada menos que un soneto!...en el poco trayecto que quedaba. Tal vez sonreiría, previendo un triunfo seguro, pero Flor asumió el desafío como pez en el agua:

Ya que el Doctor Abril quiere un soneto
Accedo a complacerle presurosa
Robaré los perfumes a la rosa
Robaré al ruiseñor su canto inquieto

Parece haberme dado un amuleto
La musa que se muestra generosa
Pues el verso me es fácil cual la prosa
¡Y terminado queda otro cuarteto!

De modo que de acuerdo a lo pactado
El vasito de ron apetecido
Espero que por fin me lo he ganado

Pues al Templete aún no hemos llegado
Y ya queda el soneto concluido
Doctor Abril, lo dejo complacido.

A comienzos de los cuarenta, Flor será huésped de Cruz de Piedra, casa de campo para enfermos mentales. No será demasiado esfuerzo imaginar a sus compañeros de infortunio, y la reacción de desconcierto de quienes le atendían, porque la lucidez no le abandona.

Ahí están sus versos: " y a enterrar sus locuras van los locos/ Lo llevan por un camino largo/ sin camino/ hacia blancuras de mármol.../ Callado: lo que fue alarido".

Tal vez la locura, su locura, era solo exceso de vida.

A veces cascada, cauce desbordado; otras, torre de asalto. Nada ni nadie se le pudo interponer; pero sabía brindarse y quedan testimonios amables de aquellos que visitaron su casa. Nunca tuvo hijos, pero sabía querer a los ajenos.

Por su ímpetu, Flor Loynaz es la Juana de Arco de nuestras letras.

Cuando el cáncer le atenazó, se tragó los ayes hasta que nadie pudo escucharlos. Ya lo habría escrito antes: "yo no quiero otra sangre que la mía/ ni fuerza ni salud si son ajenas". En las paredes de su cuarto daba gracias al señor: "porque me diste un corazón valiente".

Murió sola, en 1985, en su propia isla. Unos pocos, poquísimos, asistieron a su despedida. Y ello, sin dejar de ser dramático, era seguramente consecuente: lo había labrado así.

Sin embargo, hay una anécdota, escuchada en alguna parte, quizás consecuencia del mito, o de esos insondables sucesos de la vida que hemos dado en llamar milagro.

Cuando muere su hermana Dulce María (con todo un pueblo pasando por su ataúd) afirman los más cercanos que, por un instante, las facciones de Dulce María eran el vivo retrato de Flor. Sus facciones eran de una coincidencia impresionante.

Flor enterrada dos veces; concesión suprema de la hermana mayor, para que Flor recibiese junto con ella, el homenaje de toda la nación allí representada.

Es hora de entrar a Flor por el pórtico grande de la Literatura Cubana. Que su energía inimitable, no obnubile la grandeza de sus versos.